La vida de un animal exige la realización de varias tareas, como el desarrollo del cuerpo, la alimentación y el mantenimiento del soma en buenas condiciones. El problema es que existen unos recursos limitados, en forma de energía limitada, para la realización de estas tareas. Como ejemplo, podemos imaginar que para una gacela escapando de un león lo más efectivo es concentrar toda su energía en correr lo más rápido posible, y se deje la reparación de pequeñas alteraciones que puedan ocurrir en su organismo a cualquier nivel (molecular, celular, tejidos, órganos, etc.) para otro momento más adecuado. La idea de la evolución de las especies por medio de la selección natural, introducida por Darwin en 1859, revolucionó la forma de entender la biología. Según esta teoría, la selección natural favorece las mutaciones genéticas que aumentan las probabilidades de supervivencia de una especie, y desecha las que son perjudiciales. De acuerdo con esta idea, podríamos pensar que los genes relacionados con el envejecimiento deberían haber sido rechazados, por contribuir de forma negativa a las posibilidades de supervivencia de un individuo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la selección natural actúa durante millones de año sobre los individuos de las especies que viven en estado salvaje. En ese contexto, la supervivencia está sujeta a agresivos factores externos como la disponibilidad de alimento, la presencia de depredadores y las condiciones atmosféricas
CUESTIÓN DE GENETICA-
La genética por sí sola no puede explicar el proceso de envejecimiento de las especies. También podemos entender que el envejecimiento ocurra a pesar de la selección natural. Pero, entonces, ¿por qué envejecen los animales? La teoría que explica esto de la forma probablemente más satisfactoria es la llamada teoría del soma desechable. Las células reproductoras de los animales, aquellas encargadas de transmitir la información genética de generación en generación, constituyen la llamada línea germinal o germen. Por otro lado, el resto de células constituyen la llamada línea somática o soma. Según esta teoría, la línea germinal estaría llamada a ser inmortal, por transmitirse de una generación a la siguiente. El soma, en cambio, sería un conjunto de células desechable, distinto en cada generación e individuo, y que está al servicio de la perpetuación de la línea germinal. En conclusión, se puede decir que los animales no están programados para envejecer y morir, sino para vivir. Lo que ocurre es que, de alguna manera, vivir envejece. En todas las especies animales, la selección natural ha optado por la estrategia del soma desechable. Esta es una apuesta con mucho sentido, porque ¿qué sentido tendría invertir una gran cantidad de energía en mantener el cuerpo en buenas condiciones para siempre, si la vida en la naturaleza está llena de peligros? Lo lógico es repartir la energía: un poco para el mantenimiento, otro poco para la generación de calor cuando hace frío, otro poco para la reproducción, etc. ¿Y qué es entonces lo que hace que unas especies vivan más que otras? Es sencillamente una diferencia en la cantidad energía disponible y en la forma de distribuirla, motivada por las condiciones externas.
Fuente: Xixareak, dortoka erraldoiak eta hidra hilezkorra, Ganador de premio en divulgación científica CAF-Elhuyar.