Ángel H. Romero Díaz

Acerca de Ángel H. Romero Díaz:

Presidente de la Asociación Nacional de Magistrados del Perú 1991-1992. Presidente de la Corte Superior de Lima 2007-2008. Actualmente Presidente de la Primera Sala Contenciosa Administrativa de la Corte Superior. Juez Superior 1989 hasta la actualidad.





Tarata, lección de historia

Esta semana se cumplieron 27 años del ataque terrorista a la calle Tarata, en el corazón de Miraflores, quizás el más sanguinario perpetrado por Sendero Luminoso en la capital de la república. Fue en la fatídica noche del 16 de julio de 1992 en la que este grupo terrorista hizo estallar dos coches bomba con un total de 500 kilos de explosivos, dejando como saldo 25 personas que perdieron la vida y cerca de otras 200 que quedaron con heridas de distinta gravedad. El balance arrojó que la onda expansiva de esa explosión había dañado más de 300 locales comerciales, 183 viviendas afectadas y más de medio centenar de vehículos destruidos.

Fue un acto demencial de triste recordación. El terrorismo se mostró, por primera vez en Lima, con su verdadero rostro insano y con un total desprecio por la vida. Hasta ese momento, sus acciones violentas y terroristas eran frecuentes, mayormente, en las comunidades alejadas y pobres de nuestra serranía, en las cuales el asesinato a mansalva y de manera cruel contra indefensos pobladores y autoridades locales eran casi acciones de rutina. Y el país no se daba por notificado. Tuvo que ocurrir en el corazón del distrito más emblemático de una clase media limeña para entender el peligro que significaba este grupo para la democracia y la vida en libertad.

Y fue, dicho sea de paso, el punto de partida de la debacle final del accionar terrorista de SL. El líder de este grupo demencial, Abimael Guzmán, se equivocó al creer que las condiciones ya se le presentaban favorables, según su estrategia, para dar el gran salto en su objetivo de tomar el poder. Craso error. Logró, por el contrario, despertar la ira colectiva de una población mayor que hasta ese momento se mostraba pasiva y casi distante a los hechos de sangre del grupo terrorista, no obstante sufrir sus permanentes exposiciones de terror con apagones, asesinatos selectivos y detonación de bombas o coches bomba en las calles de la ciudad. Tarata nos sirvió, en otras palabras, para despertar. Y para que el gobierno de Alberto Fujimori tomara la decisión más firme de combatir, con firmeza y decisión, al terrorismo que amenazaba el país.

Cómo olvidar, entonces, Tarata. Cómo ignorar a los más de 70 mil muertos de hombres y mujeres víctimas del accionar terrorista en el país, durante el decenio de aquello que algunos han denominado, equivocadamente, lucha armada. Quienes hemos vivido esa etapa, quienes hemos sufrido esos azarosos años de violencia sabemos lo que el grupo terrorista de SL significó como sinónimo de muerte, desolación, insania y crueldad. Los jóvenes ya no conocieron los sinsabores de ese período. No vivieron la crueldad sembrada por este grupo terrorista. Ello explica, por ejemplo, insólitas adhesiones a nuevos grupos de fachada de SL como el Modadef, a juzgar por sus esporádicas presentaciones públicas.

La ideología violentista de este grupo no ha desaparecido, hay que alertarlo. Nuestros jóvenes en las universidades pueden ser pasibles de ser afectados por sus prédicas. Ello nos debe obligar a permanecer alertas. Y más todavía a las autoridades responsables de conducir estos centros superiores de educación. Y explicárselo a los jóvenes de hoy para que no incurran en errores de información de los cuales nos tengamos que lamentar más tarde.

Tarata significa aquello que no deseamos que se repita en el país, nos recordará por siempre el sanguinario actuar de ese grupo terrorista que ojalá no se repita nunca más en un país que aspira a vivir en paz y con justicia social que es el sueño largamente acariciado por nosotros.





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