Aníbal Torres y el arte de insultar

Aníbal Torres y el arte de insultar

El primer ministro Aníbal Torres Vásquez es doctor en el arte de insultar. ¡Qué bárbaro! Su lengua es una de las más viperinas de la historia nacional. “Muchachito tonto” es la cuenta, o la invectiva, más célebre de su rosario de insultos. Tanto, que le otorga su sobrenombre político. Por semejante comportamiento artístico, Torres debe tener como maestro a Arthur Schopenhauer. De verdad, a veces me parece que lo ha estudiado, y que hasta lo imita. Probablemente se trate del filósofo alemán de peor actuación en el diálogo, al punto que hizo del insulto y hasta de la grosería sus objetos de estudio. Para mí, Schopenhauer fue un infractor social: su patología en el diálogo y su manía de grandeza lo hicieron atrevido: enseñó que “una grosería vence todo argumento y eclipsa cualquier intelecto”, y en la universidad intentó medir su capacidad intelectual con Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Por supuesto que en esto último le fue mal. Pero, de todos modos, fue grande de conocimiento, aunque pequeño de estatura. Escribió algunos opúsculos para su uso personal de insultos, y así vencer a sus oponentes. Así, tenemos El arte de tener razón, El arte de hacerse respetar, y sobre todo El arte de insultar. En suma, como Schopenhauer, el capital de Torres consiste en la pobreza de la dialéctica y la riqueza del insulto.

Torres actualiza a Schopenhauer, por la práctica del insulto. Parece que el filósofo sembró su semilla de la maledicencia en Alemania hace doscientos años, para fructificar en el Perú de estos días a través de la lengua de Torres. Es que el ministro tiene la técnica schopenhaueriana. Concedámosle la palabra: “A los insultos no los puedo contestar con insultos, eso no es correcto”, “A mí no me molestan los insultos, me dan pena”. Lo suyo es entre la lógica y la falacia. Nuevamente, concedámosle la palabra: “A mí no me vas a atarantar, estás hablando con gente. No es que tú vas a hablar barbaridad y media porque tienes el medio, engañando a la gente, y yo te escucharé. No, muchachito tonto”, “He escuchado tus insultos… ¿Qué clase de periodista eres? Seguro uno sin tesis”. Lo suyo es el atrevimiento, la malcriadez, sin límite. Hasta confundió -a propósito, en un intento de símil- el nombre del actual cardenal Pedro Barreto con el de fray Vicente de Valverde -que en el siglo XVI se acercara con el crucifijo y la biblia al Inca Atahualpa-, para, en seguida, lanzar su invectiva: “Tan miserable puede ser esta persona que ni su nombre me acuerdo”. Es así: Torres es discípulo tardío Schopenhauer, únicamente por el lado del insulto, mas no del conocimiento. Que equivale a decir, solamente por el lado de lo malo, mas no de lo bueno. Para entender el lenguaje de Torres, dado que no podemos entenderlo por sí mismo, es necesario que recurramos a los consejos del filósofo del dicterio. Atendamos a los consejos, dialécticos y procaces, del posible padre espiritual de Torres: “Cuando se advierte que el adversario es superior y que uno no conseguirá llevar razón, personalícese, séase ofensivo, grosero.

El personalizar consiste en que uno se aparta del objeto de la discusión (porque es una partida perdida) y ataca de algún modo al contendiente y a su persona: esto podría denominarse argumentum ad personam, a diferencia del argumentum ad hominem: este parte de un objeto puramente objetivo para atenerse a lo que el adversario ha dicho o admitido sobre él. Al personalizar, sin embargo, se abandona por completo el objeto y uno dirige su ataque a la persona del adversario: uno, pues, se torna insultante, maligno, ofensivo, grosero. Es una apelación de las facultades del intelecto a las del cuerpo, o a la animalidad”.

Schopenhauer es, además, el filósofo de la voluntad y la representación. Por ese lado, es discípulo de Immanuel Kant. Otro hombre también pequeño de estatura, pero que no insultó, y fue bueno. Debo compartir la siguiente historia: el año 2014, Torres estuvo a punto de lograr que el Consejo de Facultad lo eligiera nuevamente como decano de la Facultad de Derecho y Ciencia Política de San Marcos. Le faltó el voto de un profesor: el mío. Es que, para mí, Aníbal Torres es doctor en el arte de insultar.

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