Hace un año, el 15 de marzo de 2020, la covid-19 provocó en el país un estado de emergencia. El Gobierno estableció una cuarentena para un corto periodo con un aislamiento obligatorio pero la situación fue empeorando y han llegado “nuevas olas” del virus y es necesario un consciente confinamiento familiar.

El confinamiento ha afectado la vida económica, laboral, educativa y hasta social. Los servicios de salud están colapsados. La administración pública ha perdido eficacia y el funcionamiento de las empresas privadas aún no recupera su capacidad productiva que repercute negativamente en su situación económica y la del país. El transporte es mínimo. Continúa el aislamiento en la mayoría de la población que espera la solución del problema lo antes posible.

La mayoría de las familias con estoicismo están afrontando el aislamiento y tratando en lo posible de obtener medios de subsistencia. Los niños y adolescentes –privados de tener educación presencial– implícitamente sufren las consecuencias del aislamiento y probablemente consideran que el virus y ahora el nuevo coronavirus no es tan problemático para su edad como lo es para las personas mayores. Ante ello los padres contribuyen a evitar el desorden. Son situaciones difíciles para la familia y repercute en la sociedad.

Sin embargo, el aislamiento nos está dejando un buen lado positivo que debemos subrayar. El confinamiento permite que toda la familia esté reunida, unida afrontando conjuntamente los problemas para la subsistencia y el cuidado de todos en el hogar. No quieren que nadie en casa adquiera el virus. Los matrimonios de jóvenes se robustecen. Todos procuran que los padres y los hijos –aun si hay nietos– estén sanos y juntos en esta difícil circunstancia que les ha dado la vida. Se fortalecen y vigorizan los vínculos del amor fraternal y comparten las responsabilidades para la subsistencia familiar. Padres e hijos ahondan sus perspectivas y anhelan nuevos horizontes para todos. Terminado el aislamiento necesario e imprescindible cosecharán unidos el fruto de haber estado juntos un apreciable tiempo.

No señalemos solamente los problemas, las preocupaciones y las penas que nos ha traído el virus. Meditemos que simultáneamente nos ha dado oportunidades de cuidado personal y familiar, nos ha unido en el amor filial a los padres y de estos a los hijos, a nuestros vecinos conscientes de igual situación, y en fin a la colectividad.
Procuremos que nuestros padres, hijos y amigos se vacunen. Venzamos al virus.

Hemos aprendido la lección de la vida.