Nuestra vida entera está llena de opciones, elecciones y decisiones; seamos realistas, no siempre tomamos las mejores decisiones, casi siempre nos equivocamos y debemos ser hidalgos para aceptar nuestros yerros. En nuestra cultura, creemos que sabemos elegir o que tomamos las mejores decisiones; pero, decidir no es una tarea sencilla y requiere de un mínimo análisis de la situación.
Cuando una elección te va a afectar, debes ser tú mismo quien la tome, es la única manera de asegurar que se tome en cuenta tu preferencia e interés; es decir, el espacio de la elección eres tú mismo, como individuo; las personas deben elegir por sí mismas, manteniendo firmeza e independencia frente a lo que otras personas quieran o recomienden; debemos ser sinceros con nosotros mismos.
Mientras más opciones tenga una persona, más probabilidades tendrá de tomar la mejor decisión; hoy en día, estamos expuestos a más opciones y más anuncios asociados a opciones nunca antes vistos; la información acerca de lo que nos ofrecen es mayor y accesible, podemos saber de qué se trata; a veces nos fijamos en los pequeños detalles, convencidos de que cada diferencia -por más pequeña que sea- es importante y, por consiguiente, cada elección es importante.
El valor de nuestra elección depende de nuestra capacidad para percibir las diferencias entre las opciones; en una sociedad de consumo, desde muy pequeños aprendemos a detectar las diferencias. Si bien todos los seres humanos compartimos las mismas necesidades básicas y el deseo de elegir, no todos tenemos la posibilidad de elegir, ya sea en el mismo lugar o en la misma medida; puede darse el caso, también, que sean demasiadas las opciones para comparar y diferenciar que hacen que el proceso sea confuso y hasta frustrante, que en vez de tomar una mejor decisión nos abrumemos e inclusive tengamos temor de decidir.
En el transcurrir de nuestras vidas, nos contamos historias, interpretamos lo que percibimos, seleccionamos la opción más viable de las múltiples que se nos presentan; hemos aprendido que la elección es la base de la libertad, de la felicidad y del éxito; actuamos como si tuviéramos el mundo a nuestros pies y como si pudiéramos tener todo lo que queramos; hemos aprendido esa historia y nos resistimos a revisarla, sin embargo, al revisar esta historia nos percatamos que tiene porosidades y puede ser contada de diversas formas.
Cuando tengamos que elegir, debemos evaluar con detenimiento, escuchar la historia en sus diversas versiones; como personas, es necesario que asumamos la responsabilidad por nuestras elecciones y las consecuencias que ella acarree. Una elección es una manifestación de nuestro poder, la guía de nuestros actos, inspiración de confianza y expresión de libertad; frente a ello, debemos admitir que una elección también encierra extrañeza y complejidad.
Queda en cada uno de nosotros y en nuestra conciencia el peso de nuestras decisiones y elecciones; somos responsables por haber hecho las cosas a nuestra manera, por creer que nuestras decisiones nos van a llevar a la felicidad; y, por qué no decirlo, por haber inducido a quienes no conocen cómo decidir o simplemente trasladaron el poder de su decisión a nosotros, quizá para tener menor sentimiento de culpa.
Aprendamos a ver las opciones, a decidir y elegir; pero, también a ser responsables por las consecuencias de nuestros actos.

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