Desde pequeño, supe que debía estudiar Derecho, había visto la injusticia en mi pequeño pueblo y después en las ciudades a donde tuve que ir a continuar con mis estudios; con el esfuerzo personal y el apoyo de mi familia logré convertirme en Abogado, había sido testigo de un autogolpe de Estado, el cambio de la constitución y debuté electoralmente en un referéndum; aprendí a comprender que la educación es el principal factor de desarrollo de una nación y que se puede hacer mucho desde las aulas, tanto como estudiante como docente, descubrí mi vocación de educador; adquirí conciencia de que es necesario conocer nuestra realidad para proponer las mejoras, que la crítica debe ser constructiva y la ciudadanía debe ser activa, que la patria necesita de todos nosotros, que se debe actuar con optimismo, para lograr que el crecimiento se convierta en desarrollo; poco a poco hemos ido mejorando como país, reduciendo gradualmente el índice de desempleo y mejorando la calidad de vida.
Una economía es saludable en la medida en que lo son las entidades que la componen, siendo el gobierno la entidad más importante; si el gobierno es débil o insalubre, todos vamos a padecer, un analgésico no curará ninguna enfermedad, la misma sociedad tiene que actuar cuando el gobierno no atiende las necesidades de la población; muchas veces estas soluciones son temporales, son como el analgésico que alivia el dolor momentáneamente. Lo que se debe procurar es un contexto en el que las empresas se sientan seguras de tener las mismas oportunidades de poder gestionar e iniciar sus negocios con éxito, con la debida protección de la propiedad privada que vayan creando; esta tarea es una responsabilidad del gobierno, es el llamado a ofrecer estas condiciones necesarias para una economía próspera. Las economías prosperan cuando las empresas pueden instalarse fácil y rápidamente, los propietarios de los negocios crean fuentes de ingresos para ellos mismos, se añaden nuevos empleos a la economía, luego se pagarán más impuestos para financiar las obras públicas, siendo los nuevos negocios beneficiosos para todos.
Los trámites necesarios para registrar una propiedad, por ejemplo, deben ser veloces, la instalación de los servicios básicos debe ser lo más ágil posible, los permisos para construir deben ser más expeditivos, la administración de justicia debe ser más célere; podríamos culpar a la corrupción por la excesiva demora en los procesos mencionados, en parte es cierto, pero a ello hay que sumarle la sensación de impotencia de los servidores públicos, estas personas se sienten impotentes e incapaces de impulsar el cambio, ese sentimiento les impide ver su rol en un sistema más amplio y piensan que su trabajo no representa nada en el impulso del cambio, siendo el resultado la ralentización y la ineficiencia. Frente a un proceso ineficiente, complejo y lento, optamos por contratar a un tercero para que haga esa gestión por nosotros, si eso no funciona, optamos por pagarle a alguien para que agilice “extraoficialmente” nuestro trámite, pensando en que no nos van a descubrir; quizá no haya malicia o codicia en tratar de asegurarnos el éxito en nuestra gestión para poder avanzar, lamentablemente ese es el inicio de la corrupción y, si se deja prosperar, se filtra en todo el sistema y, antes de percatarnos, hemos infectado a todo el Estado.
El gobierno y la sociedad debemos asegurarnos de que se entienda cómo nuestras acciones cotidianas impactan nuestra capacidad como Estado para crear nuevos empleos y atraer más inversión, ninguna tarea es pequeña, todo es vital; es necesario implementar los cambios que van a impactar la prestación de servicios en nuestro país, no podemos darnos por vencidos, asumamos el desafío de arreglar nuestros gobiernos; finalmente, quienes harán que un gobierno sea eficiente seremos nosotros mismos, solo necesitamos crear un espacio para crecer y desarrollarnos.