Escriben en una revista: “Tamaño revoltijo que se armó (…) cuando la prensa malintencionada y muchos Keiko lovers acusaron al profesor Pedro Castillo de despreciar la lectura. Vaya muestra de analfabetismo funcional la de esos detractores. Lo que dijo el profesor Castillo fue algo muy simple y claro (…): ‘yo sé del hambre del pueblo. A mí nadie me lo cuenta. Yo no necesito leer el libro que viene de la biblioteca que está allá polveándose, porque la biblioteca está en mi nariz, porque la biblioteca la siento, la camino, la vivo’”.
No es razonable llamar “analfabeto funcional” a quien cree que lo que Pedro Castillo hace es justificar su escasez de conocimientos con el lugar común de “haber vivido la pobreza en la calle”, no si aspira a gobernar. Es un despropósito si es profesor y más si es político. La pobreza es visible, pero se necesita destreza para erradicarla, saber de gestión estatal y de economía básica para entender lo que es la oferta y la demanda, elaboración de políticas públicas y experiencias comparadas. No se trata de ser un poético testigo, podrá serlo Vallejo, pero el político no descubre la pobreza, plantea y escucha estrategias. No se puede alentar que se invierta en educación mientras se resta valor a esa fuente de lógica, experiencias y soluciones que nos prestan los libros. La ignorancia es lo que lleva a decir que es de justicia destinar el 10% del PBI a Educación y el otro 10% a Salud cuando el presupuesto general bordea el 20% del PBI. ¿Desactivamos la Policía, el Ejército, el Poder Judicial, el Ministerio Público, las cárceles…?
El libro provee de palabras y a más palabras mayores son las conexiones que nos permiten articular ideas y hallar soluciones a los problemas a partir de relacionar elementos. En tiempos de redes, cada vez más visuales, la importancia del libro aumenta. Se lee para pasar el rato, pero la lectura que me emparenta es la investigación que nace del husmeo para deducir, inducir y demostrar. Bien haría falta que la Biblioteca Nacional sea la matriz de la investigación, porque se lee para buscar la verdad y esa es la esencia de un libro y una biblioteca. Que el polvo del libro llegue a la nariz y no se prescinda de sus letras con la presunta excusa del empirismo que compartimos con los animales, esa instintiva escuela de la calle.

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