El viernes, con la claridad que le caracteriza, el periodista Beto Ortiz puso los puntos sobre las íes. Estando ad portas de una evidente probabilidad de que el comunismo, disfrazado de lo que fuere, triunfe en la segunda vuelta electoral, la clase acomodada peruana ha confirmado que NO cambia. Que sigue siendo ese mismo conglomerado de inservibles de siempre, al momento de encarar situaciones límite como las que estamos viviendo. Ortiz puso en evidencia aquel dicho tan revelador del limeño comodón -y, por qué no decirlo, cobarde- que espeta el “hay que hacer esto, hay que hacer lo otro”, para que OTROS hagan lo que él no quiere o no se atreve a ejecutar. Es más, el siempre pusilánime “gran empresario peruano” sólo espera que terceros le limpien el terreno de las asperezas que considere peligrosas. Porque, siendo testigo de que algo semejante ya padecieron sus pares en Venezuela -con el impresentable Chávez- aguarda inerte la ola roja que reventaría pronto en nuestra patria. “Esa es tarea de otros, no mía”, sigue pensando el gran empresario, motivado por su egoísta, degradante, anárquica personalidad.
No es novedad este temperamento del “limeño mazamorrero”. Su tesitura la retrata, de manera clara y precisa, la historia de esta atribulada nación. Aldo Mariátegui, articulista de fuste, además de estudioso de nuestra historia, guarda en su biblioteca, entre muchísimos otros documentos, uno titulado ”Testimonios Británicos de la Ocupación Chilena en Lima”, recopilado por Celia Wu Brading. Fechado 19 de enero de 1881, desde el barco británico HMS Triumph el teniente Carey Brenton elaboró, entre otros, un Informe sobre sus actividades como observador en el Cuartel General del Ejército Peruano, a cargo de la defensa de Lima contra los chilenos. En una de sus páginas, puede leerse esto: “A pesar de que, como ya mencioné, habían llegado noticias a Lima sobre el desembarco de los chilenos en Chilca, al volver a la capital esa noche no encontré ningún preparativo para oponerse al desembarco ni se adoptaban medidas enérgicas al respecto. Quizás debería decir aquí, de una vez por todas, que los peruanos no entienden el significado de ‘medidas enérgicas’; es decir, no tienen idea de cómo actuar inmediata y decisivamente, de improviso. Cuando surge alguna emergencia piensan que ‘algo’ debe hacerse, pero al mismo tiempo se consuelan pensando que es casi seguro que ‘alguien’ está haciendo ‘algo’. O si no, entonces será hecho por ‘algún otro’ el día de mañana.”
Hace 19 años escribo esta columna diaria. Intento despertar en algunos la urgencia por desechar su status quo para evitar el colapso nacional. Alejar esa actitud egoísta, pusilánime, que facilita que nuestras comedias y tragedias sigan sucediéndose, una tras otra, porque muchos peruanos esperan que OTRO haga algo para apaciguar el malestar popular. Al fin del día, seguro quedarán nulos estos esfuerzos por forjar, por propia iniciativa, un cambio de conducta en una sociedad tan dividida como enconada. Como tal, las pendencias entre los peruanos no desaparecerán por las buenas. Las principales víctimas serán esos egocentristas del “que OTRO lo haga”.

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