Anticipándose al ucase del partido Perú Libre, el traidor Sagasti ha desatado una feroz campaña para acabar con lo que queda de prensa libre en este país, emprendiéndola –para empezar- contra el canal de TV Willax, propiedad de un patriota como Erasmo Wong, y sus valerosísimos periodistas Humberto “Beto” Ortiz y Phillip Butters. Desde acá vaya nuestra profunda solidaridad con ellos. Asimismo, para tener amedrentada a la oposición democrática, la persecución incluye al valiente político Rafael López Aliaga. Estamos ante esa clásica estrategia comunista de acabar con la oposición dividiéndola de a poquitos; como el salame. Por ahora el plan avanza rápida, orgánicamente contra Willax y sus periodistas. Pero el atentado va dirigido a la poca prensa libre que queda en el Perú; entre ella está EXPRESO. “Si se portan mal, ya saben adonde acabarán”, es el mensaje estalinista lanzado por la mafia caviar-comunista que manda en el Perú desde Toledo. Incluso con mayor descaro, prepotencia y violencia viene haciéndolo desde que el miserable Vizcarra asumió la presidencia y lo sucediera el felón Sagasti. Resulta evidente, amable lector, que esto no es mera casualidad. Willax y “Beto” Ortiz hace dos semanas ya habían sido implicados por la fiscalía que maneja directamente palacio. Pero el domingo, la amenaza avanzó contra los mismos, más Phillip Butters. Y para amenizar la intimidación, la denuncia incluyó a López Aliaga.
En rigor, la revolución comunista ya empezó en el Perú. Arrancó con Vizcarra cuando, so pretexto de la “investigación” a unos denominados “los cuellos blancos” -coordinada por Gorriti para chantajear a la Judicatura- capturó el poder Judicial forzando a Duberlí Rodríguez a renunciar a la presidencia de la institución; secuestró el Ministerio Público destripando al entonces fiscal supremo Pedro Chávarry para poner de guardaespaldas suyo a Zoraida Ávalos; dio un golpe de Estado para clausurar el Congreso, so pretexto que se atrevió a impulsar la elección de los tribunos del TC, todos con plazo vencido, porque Vizcarra quería mantenerlos como vigías suyos en aquel señorío del Estado que, obviamente, santificó su flagrante violación de la Constitución. Lo sucedería un tal Sagasti, urdiendo una sanguinaria sublevación en Lima para defenestrar al presidente transitorio Manuel Merino, nombrado por el Congreso, obligándolo a renunciar tras la -buscada- muerte de dos personas; la gota de agua para que el Parlamento designase a Sagasti encargado de la presidencia. Esta dupla de felones destruyó nuestro Estado de Derecho. No contenta con ello azuzó el divisionismo entre la ciudadanía parcelando esta sociedad en buenos peruanos -quienes se rinden ante al poder de turno-; y malos peruanos -los que se oponen al abuso y las corruptelas en el poder. Es decir, Vizcarra y Sagasti dinamitaron la democracia en pedazos. ¡Hoy el Perú no es una democracia! ¡Tampoco, repetimos, impera el Estado de Derecho! Y aquello ha permitido que estas elecciones fraudulentas instalen formalmente al comunismo en el Perú, convalidando con broche de oro la revolución roja iniciada por Vizcarra y consolidada por Sagasti, el traidor que indignamente pidiera un autógrafo como premio al terrorista cerpa cartolini.

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