Ayacucho y el glorioso Ejército peruano

Ayacucho y el glorioso Ejército peruano

A la histórica Batalla de Ayacucho del 9 de diciembre de 1824, como hoy, debemos tenerla muy presente en nuestro imaginario nacional. En esta fecha, hace 199 años, la batalla desarrollada en la Pampa de la Quinua, fue decisiva para sellar la independencia del Perú y de América, no obstante, el extraordinario aporte del Libertador José de San Martín que proclamó la independencia del Perú el 28 de julio de 1821, que es el Día Nacional de los peruanos, y de la instalación del primer Congreso Constituyente en 1822, bajo la presidencia de Francisco Javier de Luna Pizarro. Aun cuando nos constituyéramos en Estado, mientras las tropas realistas seguían en el suelo nacional, la soberanía todavía se tornaba relativa. Vencimos y el realista José de Canterac firmó la capitulación, que no fue otra cosa que el reconocimiento de la derrota militar española y la señal visible de la independencia peruana y continental definitivas. La capitulación reconoció el pago de una deuda en favor de España y de otra para los patriotas no peruanos que lucharon. Recién por el Tratado de París de 1879, España reconoció jurídicamente la independencia del Perú y ambos países establecieron relaciones diplomáticas. Por Ayacucho el militarismo fue empoderado, y eso explica su protagonismo político en el destino del Perú de gran parte del siglo XIX y en diversos momentos del siglo XX. En 1928 el gobierno de Augusto B. Leguía reconoció la gesta del batallón peruano en Ayacucho que decidió la victoria, consagrándose a esta célebre batalla como el Día del Glorioso Ejército del Perú. Los historiadores están de acuerdo en que Ayacucho fue el momento que estaba faltando para desligarnos de España y conseguirlo no fue nada fácil. En el umbral de 2024, año del bicentenario de la Batalla de Ayacucho, lo que corresponde es prepararnos al más alto nivel. El Gobierno del Perú debería crear ya mismo la “Comisión Nacional del Bicentenario de las Batallas de Junín y Ayacucho” y, considerando su naturaleza intrínseca histórico-militar, debería presidirla el comandante general del Ejército.

Será el gesto del empoderamiento esperado en los últimos años, por su rol decisivo, y en general, de las Fuerzas Armadas, en nuestra historia republicana de 200 años, y será la enorme oportunidad para romper con la mal llamada sociedad civil como si los militares fueran parte de otra dentro del Perú, dividiéndonos. Preparemos la celebración de tan memorable acontecimiento, y estoy pensando en el legado de patriotismo y nacionalismo para el imaginario de nuestros niños que no existe, y que es lo que más me preocupa, frente a tanta fragilidad y prejuicio en el sector educativo, respecto de la conceptualización del Estado peruano en sus elementos constitutivos, es decir, TERRITORIO, NACIÓN Y GOBIERNO, centrando la fortísima idea de nuestro desencadenamiento definitivo de España sin renegar de España, destacando el valor del sincretismo, que nos produjo por su consecuencia el mestizaje, y que junto a las comunidades originarias, constituyen el carácter más visible de nuestra peruanidad. Pero estamos atrasados pues la celebración debería pasar por convertir a Ayacucho y a toda la Sierra Central del país –Cerro de Pasco, Junín, Huánuco, Huancavelica, Apurímac, etc.–, en una verdadera y potente región de desarrollo nacional. El Gobierno Nacional y los gobiernos subnacionales, deben acercarse al Ejército –a todas las Fuerzas Armadas–, que están en todos los rincones de la Patria y siempre pegados al pueblo, y de manera coordinada y compacta –lo que tampoco se hace– trabajar en ese objetivo nacional.

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