Cada día siente el agua más cercana al cuello el señor Pedro Castillo Terrones, quien funge de presidente gracias a que el capo del Jurado Nacional de Elecciones resulta ser tan comunista como el tambaleante régimen marxista de Castillo.

Mensajes a la Nación que no transmiten sino babas, como tragicomedias inteligibles protagonizadas por un individuo que lee –incluso mal– las tonterías que alguien más se las ha escrito; reuniones públicas con su clan de alcahuetes para victimizarse, acusando a los demás de sus propias faltas o de sus flagrantes delitos; promesas necias para salvar la hora y pasar página de manera alocada.

Vale decir, Castillo grafica sus desesperaciones cada vez en tono más atormentado. Su atorrante acometida contra un periodista que sólo le preguntó si ha pensando en renunciar revela el grado de crispación que le persigue.

Y, asimismo, mostrando una inocultable esquizofrenia, inútilmente pretende levantar los gravísimos cargos que pesan sobre él, recurriendo a una semántica digna del nivel de su título de profesor obtenido sabe Dios bajo qué condiciones.

Castillo camina perdido en el espacio de una desesperación sin salida. Porque, sencillamente, todas aquellas imputaciones que Castillo viene acumulando en su contra resultan evidentes. Y sobre todo, son irrefutables. De manera que sus excusas acaban siendo clarísimas patentes sobre su apoteósica incapacidad moral para seguir conduciendo los destinos del Perú.

Él y sus ocasionales adláteres lanzan al aire disparates cada cual más espectaculares. Sin querer queriendo, su primera ministra lo involucra aún más en el fárrago de faltas y delitos que comete casi a diario. Dice la señora/señorita Mirtha Vásquez que Castillo le ha prometido que “nunca más despachar desde la casa de Breña”.

Vale decir, ella le enrostra haberlo hecho –contraviniendo las normas a las cuales están sometidos los jefes de Estado– sin deslindar con quiénes. Por ejemplo, con sendos representantes de contratistas con el Estado, cuyas empresas dudosamente han ganado cuestionadas licitaciones multimillonarias. En tal caso habría cometido graves delitos como tráfico de influencia, negociación incompatible, enriquecimiento ilícito, etc. Flagrantes causales de vacancia que la izquierda habría demandado inmediatamente ejecutar, incendiando las calles como suele imponerse, si el trasgresor no fuese de los suyos.

El mismo Castillo se puso la soga del ahorcado al soslayar la demanda de la población para que la aparentemente cómplice fiscal de la Nación investigue los casos al manifestar esto: “sólo me someteré al veredicto de ´los ronderos´ porque soy uno de ellos”.

¡Oiga usted presidente Castillo, basta de sandeces. ¡La Constitución y las leyes disponen que los únicos órganos encargados de investigar y presentar cargos a la Justicia son la Policía y Fiscalía! Usted, en estos momentos no es un cacique pueblerino, como pretende presentarse para mediatizar sus faltas y/o delitos. Usted, hasta ahora, es presidente del Perú –sin saber cómo–. Por tanto está sujeto a normas y reglamentos de ejecución obligatoria.

Señores congresistas, las evidencias imponen la vacancia. Ahora ya resulta intolerable que sigan deshojando margaritas, mientras el país se desmorona y el malestar social nos conduce a un peligrosísimo enfrentamiento ciudadano.

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