Ben-Hur: A tale of the Christ (Ben-Hur: una historia de Cristo), escrita originalmente por Lewis Wallace y publicada en 1880, es el título que más recordamos en estas fechas. Sin embargo, no precisamente lo recordamos por la novela, sino por la película que, por cierto, tuvo una gran cantidad de adaptaciones cinematográficas. La versión clásica que aprendimos a ver desde pequeños debe ser la de 1959, de la Metro Goldwyn Mayer (MGM), dirigida por William Wyler y producida por Sam Zimbalist.

Esta es la famosa película que protagoniza Charlton Heston, Jack Hawkins, Haya Harareet y Stephen Boyd. A pesar de ello, se conoce una versión anterior de 1925, una película muda, de donde la MGM se basó para realizar la esta versión mucho más conocida. Cuentan que Sam Zimbalist, el productor de la película, contrató a varios guionistas para reducir la historia y así poder escribir el libreto, pues la novela original de Lewis Wallace tenía más de 500 páginas. A partir de ello y con mucho trabajo, se elaboraron 12 versiones de guion.

Luego de muchas pruebas y elecciones del reparto, ensayos y una producción millonaria, el 18 de noviembre de 1959 se estrenó en el teatro Loew de Nueva York. Las críticas, evidentemente, fueron positivas. Quienes crecimos viendo las más de 3 horas de Ben-Hur, cada año, seguramente hemos encontrado una historia diferente cada vez. Ben-Hur es de esas películas que permiten encontrarles nuevos significados cada vez que la historia conecta con nosotros. La actuación de Charlon Heston es un aliciente particular.

No en vano, por su papel de Judá Ben-Hur, fue premiado con el Óscar al mejor actor. Ben-Hur es un aristócrata judío que resulta traicionado por su mejor amigo, el tribuno Messala. Por esa razón, es enviado como galeote, un esclavo condenado a remar en las galeras, una de las peores condenas de entonces.

Seguramente, hoy, a estas horas estaremos viendo las películas de Ben Hur. Y no solo por la pandemia, sino también por el toque de queda, porque en otras fechas, en otros años, en otros tiempos estaríamos fuera, quizás de viaje, quizás en alguna reunión familiar.

Finalmente, somos como ese Ben-Hur atrapado en las galeras y obligados a remar y remar sin poder ver lo que ocurre afuera, y si nos asomamos y podemos darnos cuenta de aquello, no podemos hacer nada. Somos esclavos, somos galeotes de una pandemia que nos ha sometido y nos seguirá sometiendo mientras que nosotros mismos no tomemos la decisión de liberarnos.