El presidente Biden tiene sobre sus hombros la pesada y tóxica carga heredada de la Administración Trump, especialmente en el aspecto sanitario, que registra un deplorable saldo de 403 mil muertos y 24 millones infectados de COVID-19.

Si bien la salud es prioritaria para el gobierno demócrata, su mayor esfuerzo será promover la unidad nacional, gravemente afectada por una larga confrontación iniciada un año antes de las elecciones del 2016. Una confrontación maléfica, cruel, despiadada, sin precedentes en la historia política estadounidense. Tres ejemplos demuestran los extremos vesánicos de Donald Trump. Primero, burlarse en televisión de un periodista discapacitado, con problemas en el movimiento de manos. Luego, de la ex primera dama Hillary Clinton, cuando esta se retiró tambaleándose de una ceremonia conmemorativa del 11 de septiembre, calificándola de “loca” e imitándola bufonescamente cuando era sostenida por sus asistentes; y, en esta campaña, mofándose de los 78 años de edad de Biden, a quien llamaba “el dormilón” y acusaba de estar al servicio de la izquierda extrema.

La polarización culminó con la deplorable toma del Capitolio, patético capítulo de una conducta beligerante y de extrema intolerancia, que el exmandatario desplegó sistemáticamente a través de su plataforma en redes sociales, estimada en 120 millones de seguidores.

Perdió las elecciones, pero obtuvo 74 millones 300 mil votos, 12 millones más que en 2016. Esa alta votación explica por qué después que turbas de fanáticos, supremacistas blancos y camorreros ingresaron al recinto de las leyes, la encuestadora CBS News Poll registra que 47% de norteamericanos consideran que el ex mandatario no es responsable completamente de esos hechos; 74 % de republicanos crean que Biden no ganó legítimamente y 51% piensen que en los próximos años aumentará la violencia política.

Biden, asimismo, ha arrostrado desde el primer día el peligroso aislamiento en política exterior mediante órdenes ejecutivas para incorporar a su país a la Organización Mundial de la Salud y al Acuerdo de París sobre el cambio climático, medidas que seguramente serán complementadas con el retorno al Consejo de Derechos Humanos y a la Organización para la Educación, la Ciencia y la Cultura de Naciones Unidas. Y, en esa línea, volver al Pacto Nuclear con Irán.

En este contexto preguntamos si Biden construirá una plataforma de entendimiento y cooperación con la región, soslayada durante seis décadas por gobiernos republicanos y demócratas, a pesar de que la comunidad hispana la integran 61 millones de personas que representan 11.7% de la población de USA, de los cuales 32 millones son votantes. La última iniciativa fue del presidente Kennedy, en 1961, a través de la Alianza para el Progreso, programa que comprometió 20 mil millones de dólares –US$ 174 mil millones actuales – para financiar proyectos educativos, de agua, salubridad, viviendas, reducción del analfabetismo y apoyo a las democracias. Dos años después murió Kennedy y su proyecto se disolvió en silencio. Ahora, quizás, es momento oportuno de una nueva iniciativa en un hemisferio que ha sido penetrado política, militar, económica, comercial y financieramente por potencias extra continentales como Rusia y China.