Nací un día inapropiado para las celebraciones, aunque intenté realizar algunas. El primer año, en la universidad, por ejemplo: me alistaba para que el delegado del salón felicitara al dueño de aquel lejano veinticinco, cuando abrió su libreta y saludó a cuatro compañeros de clase con quienes perdí el protagonismo. ¡Cuatro alumnos del mismo día! O la tarde cuando la jovencita, a quien le escribí durante meses, me invitó a salir en la víspera, no para ayudarme a romper la timidez y le confiese “lo que sentía”, sino para que la ayude a elegir el regalo, de cumpleaños, del músico que le gustaba con quien tenía cita ese veinticuatro. O el veinticinco de abril del 2007, en Lima, cuando con el grupo de poetas que nos disponíamos a romper con mi mala suerte, recibimos la noticia de la muerte de José Watanabe. Aquella noche fuimos al faro del malecón, a leer en voz alta sus poemas, como si acaso, pronunciándolos, llegarían no solo al mar, o al cielo, sino a la vieja azucarera de Laredo. O las tantas veces que lo puse como fecha para cumplir con mis promesas, pero la falta de voluntad o el tedio, me imposibilitaron recibirlo con la actitud de aquel valiente que me alucinaba solo en sueños. “Ya no tienes veinte”, me repito, mientras me amenaza el teclado bloqueándome con su música. En efecto, hoy “cumplo” 43 en el segundo año de la pandemia y me pregunto si la vida es ahora eso: “cumplir”. Llegan entonces las imágenes de localidades donde viví los más extraños sucesos; mis padres haciendo lo imposible para que no falte un bello pastel sobre la mesa, desviviéndose en atenciones, mis hermanos al teléfono, los amigos escribiéndome para que no me derrote el pesimismo; el corazón cansado con los ojos abiertos gritándome que no estoy solo y que disfrute de sus pálpitos, que estas punzadas son los imaginarios ataques de un hipocondríaco, no las secuelas del covid ni amenazas de infarto, que estoy bien, que debo repetirme que estoy bien, que valore lo que he hecho, y lo que tengo, y que si hay algo que debo prometer para este día es sobrevivir al miedo. No sé si he aprendido a convivir conmigo, quizá no lo sepa nunca y por eso me invento retos con la pericia de un escapista de sí mismo. Sólo sé que no le voy a dar gusto al spleen ni a sus perturbaciones. Ayer cumplió años Enrique Verástegui, el poeta leyenda que publicó, aquí, su columna. Sirvan estas palabras para celebrarlo a él, para decirle que este siempre será su espacio. Bienvenidos, 43.

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