Por: Roberto Cores.

En esa larga vereda en que hace años vive con la tranquilidad y movimiento del barrio, su presencia tiene esa especial naturaleza capaz de despertar y mantener mi interés. No importa cuál sea la hora, luz o velocidad de mi paso que tiene rumbo fijo.

Desde la puerta de metal del limpio pasadizo vecinal, bordeando la pared, crece este organizado mundo creado con esmero y cariño, con recuerdos propios recogidos y regalados, piezas enteras y recortadas, materias, formas, volúmenes y colores que guardan rostros, máscaras, rastros, testimonios de vida que tejen luces sombras y penumbras. Huellas convertidas en palabras de ese lenguaje que con vocabulario directo ofrece el arte que es alma del inquietante jardín que late entre la pared y el borde de la pista, que habla claramente de su condición junto a los edificios, cerca de las tiendas y los oficios ofrecidos y ejercidos bajo techo y en la calle del barrio que respeta las letras que pintadas con brocha fina piden no tocar las plantas entre las que levantan su color geranios rosados y unas pequeñas oscuras suculentas son cuidados acentos en este paisaje que miro con afecto porque quiero escuchar lo que me están contando, recibir lo que me están entregando y compartiendo.

El mundo en que brilla la Estrella de Oro que hoy desde Crónicas y Retratos es mi saludo de Navidad y deseo que el próximo nos sea un mejor Año Nuevo.