No estamos obligados a ser felices. Pero, lamentablemente, no lo parece. Las comunicaciones y sus vastas e inextricables telarañas nos atrapan en la utopía de una perfección inalcanzable pero que se vende por doquier como posible y, no sólo eso, sino como necesaria para ser alguien positivo, optimista, siempre lleno de frases de superación y de lo que ha se dado en llamar, de un tiempo a esta parte,”buenas vibras”.
Somos un conjunto de reacciones y de estímulos que resisten a la muerte, pero la muerte es parte de nuestra vida. Sin ella, ésta no tendría sentido. Dolor y amor siempre van juntos. Sin adioses no habría encuentros. Sin abismos no habría cimas.
El gran filósofo alemán, que en los confines de la locura decía a su hermana, consternada ante él por el inexorable designio de su genio: Lisbeth, ¿por qué lloras, acaso no somos felices? , diría también en la plenitud de su agonía: ¿Era esto la vida? ¡Bueno, venga otra vez!
Y esta errática búsqueda del bienestar físico y emocional aún a costa de la credulidad de nuestras propias mentiras, nos lleva a preguntarnos: entonces, ¿qué es la felicidad? Nadie lo sabe a ciencia cierta y tampoco se puede generalizar respuestas. Pero hay algunas lógicas, simples, como, por ejemplo, la de Sartre: no hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace. U otra vinculada con el desapego, de Tolstoi: mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo. O una comprobación de Nietzsche: nuestro destino está hecho de momentos felices, toda la vida los tiene, pero no de épocas felices. O una experiencia de Kierkegaard: la puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla; si uno la empuja, la cierra cada vez más.
La felicidad, escribió Ortega, no es un logro sino una suma de logros porque lo alcanzado se convierte automáticamente en punto de arranque para un nuevo deseo… irremediablemente insatisfecho. Ser feliz sería entonces vivir ese trance con mesura, con alegría, con serena resignación.
De otro lado, nuestra existencia es sed -trsna- dice Sidarta Gautama. Sed que debe ser saciada completa y momentáneamente con la convicción de que a la vuelta de un momento volveremos a sentirla. Cuerpo y alma buscando sus vertederos naturales. El río que cruza las llanuras y el manantial que fluye desde nuestro ser más profundo. Agua de la noche tocada por las coloraciones del crepúsculo. Agua de la mañana purificando la memoria y el olvido. Si la vida es sed, ser feliz no es nada más que encontrar cada día un poco de agua, toda la que quepa en el cuenco de la mano que se extiende para alcanzarla.
No hay mal que por bien no venga, dice la sabiduría popular y dice lo mismo que yo con tantas palabras. Por ello recordemos a Francois Sagán y saludemos sin amargura, cuando sea inevitable: Buenos días, tristeza…