“Tengo una obsesión: el sexo. Cuando veo una mujer me la imagino siempre en la cama conmigo. Es una manera interesante de matar el tiempo en los aeropuertos. Parece una historia sobre sexo y borracheras, cuando en realidad es un poema sobre el amor y el dolor”.
Charles Bukowski, el poeta maldito, el escritor de los bajos fondos, el que trató -no conocemos si sabiéndolo o no, si queriéndolo o no- de llevar a la literatura el lenguaje de los suburbios, hace una reflexión bella y profunda que ciertamente casi no tiene nada que ver con el sexo o con el alcohol, sino con el amor y el dolor en la peripecia humana.
¿Qué otra cosa sino un poema –oda o elegía qué más da- puede ser el encuentro carnal entre un hombre y una mujer? ¿Qué otra cosa sino el acto de amor por excelencia puede revelarnos la dolorosa contradicción -espejo de tantas y tantas contradicciones en la vida- entre un cuerpo que se penetra y un alma impenetrable?
Se discute el valor y la trascendencia de su obra pero no su oportunidad. Tampoco su valentía. Polvo somos y en polvo nos convertiremos. Entre errar por el fango o errar por el bosque, casi no hay diferencia aunque las estrellas sean otras y otras las noches.
Si la infancia es la verdadera patria de los hombres, escribió Rainer María Rilke, la de Bukowsi fue arisca, extraña, dolorosamente sin sentido como él mismo lo reconociera en su adultez, entre la violencia de su padre y el abandono de su madre. Un acné juvenil lo estigmatizó entre sus compañeros de la escuela y le produjo ese miedo atroz a las mujeres que tantas veces volvería y de tantas formas que no le alcanzaría la vida entera para entenderlo en su verdadera dimensión.
Misógino irredento, fue sin embargo un ídolo de tiempos tumultuosos. Nació en 1920 y murió en 1974. Quiso experimentar con el sexo hasta la abyección y no halló nada salvo la fragilidad de cuerpos y de almas que buscaban algo para que le sirviera de abrigo. O su propia fragilidad. O aquel grito cada vez más inaudible de esa casa de horrores que fue su hogar, repetido entre las paredes de cuartuchos y buhardillas que sin duda fueron un templo pero que acabaron siendo un cementerio en un páramo sin nombres y sin fechas.
Me espanta ese deseo visceral que fluye por las alcantarillas de la tierra. Pero me conmueve el gentío que se amanece aguardando mirar ese brillo que dicen que enceguece, ese color macilento pero terriblemente vivo. A mis años me pregunto si lo he envidiado o extrañado, pero no lo ignoré. Escritores como Bukoswki, Baudelaire, Verlaine, Essenin, fueron y seguirán siendo sus heraldos, y yo, como muchos, los he visto y los veré pasar, no sé si bendecidos o humillados por esa cicatriz o ese crisma que no se ve pero que se sabe y se presiente en cualquier piel, en cualquier alma.

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