El ser humano es una fuente interminable de contradicciones y errores reiterados. Exigimos esfuerzo a los futbolistas que nos representan, pero no nos exigimos al máximo en el estudio; soñamos con ganar un sueldo fabuloso, pero evitamos adquirir las habilidades por las que mejor paga el mercado; queremos más, pero entregamos menos. De la misma forma, nos indigna que quienes se dedican a la política no demuestren capacidad y conocimiento, pero guiados por nuestras emociones y sentimientos básicos terminamos votando por quienes recién ingresan a la actividad, convirtiendo a practicantes en gerentes, para luego decepcionarnos del resultado.

Una parte del electorado está convencida de que una nueva Constitución podría solucionar los problemas, como si el Derecho pudiera modificar la realidad; en ese grupo se observa a quienes promueven la fórmula chavista: deslegitimar las instituciones, destruir los partidos políticos, polarizar el país, lograr una asamblea constituyente y concentrar el poder en manos de un presidente autócrata que inicie reformas hacia el socialismo empobrecedor. Se sigue apostando por aquello que empeora la representación: el voto preferencial que exalta la competencia desleal al interior de las listas, distritos electorales grandes donde se pierde la relación entre electores y elegidos, el transfuguismo con ‘agrupaciones independientes’ organizadas por aventureros y en el Congreso con la movilidad indisciplinada de congresistas en busca de dádivas, la inexplicable y antitécnica prohibición de reelección parlamentaria.

El humor ciudadano es contradictorio porque reserva las peores expresiones para los profesionales de destacada trayectoria que deciden incursionar en política, pero termina apasionándose por el aventurero de ocasión, por la ficción creada por la prensa y la TV; cuando se comprueba la ineptitud y corrupción de su defendido, optará por olvidar su adhesión y, sin haber aprendido, se entregará con devoción a una nueva figura.

El mismo elector que encumbró a Toledo, del que pocos tenían referencia sobre su verdadera trayectoria profesional y nadie, sobre su real capacidad para gobernar, simpatiza con la idea de votar en abril por el actual alcalde distrital de La Victoria, quien posee un espacio diario en los principales noticieros de la televisión peruana y dispone de cientos de policías y soldados cada vez que decide mover mercados y ambulantes de un sitio para otro. Quien votó por Ollanta para que imponga orden, olvidando que fue un oficial rebelde, piensa ahora respaldar al ex ministro del Interior tan mediático y agresivo que es difícil imaginarlo como presidente democrático. Hay electores que invitarían a Freddy Krueger a una pijamada.