El brillante historiador Luis Enrique Tord afirmó que “junto a su notable tradición agrícola, el país poseía una excepcional experiencia pesquera de diez mil años de antigüedad”. Juan José Vega relata que “Los viejos pobladores de nuestra tierra conocieron balsas que fueron las mayores embarcaciones de América” y el Inca Garcilaso de la Vega nos refiere que “a las balsas de madera les echan vela cuando navegan por la mar”. Tallanes, Vicús, Chimúes e Incas hicieron de la pesca, el soporte de sus economías. En 1528, en su segundo viaje, Pizarro pasa por Cabo Blanco y observa una embarcación que los asombró por la gran vela cuadrada que portaban y pensaron que navegantes europeos los habían precedido.

Naves de madera flotante y palos se siguieron utilizando durante el Virreinato y República, incorporando tecnología europea en el uso de la vela. En 1916, don Vicente Tume Chunga llega desde Sechura a Cabo Blanco. Otras familias se afincan en El Ñuro. En ambos locaciones, mantuvieron el uso de la vela. En 1935 se inicia la pesca deportiva, liderada por el canadiense Thomas Stokes y en 1951 se funda el mítico Cabo Blanco Fishing Club. El puerto alcanza su punto culminante de gloria en 1953 cuando Alfred Glassell pescó un merlín de 717.6 Kilogramos, constituyendo un imbatible récord mundial. El Premio Nobel Ernest Hemingway, fue uno de sus miles de visitantes durante esos años, navegando y pescando en el célebre yate Miss Texas.

En los años 60 se cierra el club y se pierde el antiguo esplendor. Más tarde llegan naves artesanales con motor, muelles de hormigón, plantas de hielo y de procesamiento. También aparecen artes de pesca no selectivo, extracción en zonas prohibidas, depredación y falta de control por parte de un Estado que muchas veces persigue al inocente e ignora al infractor.

Hoy, hombres de acero curtidos por el sol y el agua salada, herederos de la pesca a vela, se han propuesto conservar sus recursos y perpetuar su ancestral actividad. Pescadores como Marcelino Gonzales y Carlos Chapilliquén han conseguido que los veleros de El Ñuro y Cabo Blanco sean declarados Patrimonio Cultural Inmaterial del Perú, como expresión singular y sostenible de su conocimiento tradicional, así como recurso cultural, social y económico de las familias de pescadores de ambas localidades.

Corresponde el soporte del Estado y la sociedad, promoviendo las actividades de turismo que se dan en esas caletas y preservando el área de protección a la pesca artesanal en sus zonas de influencia dentro de las 5 millas, donde debe impedirse el uso de redes de cerco y arrastre para que se recupere el hábitat local y los cardúmenes de atún, mero, merlines, picudos, etc. Del mismo modo, debe apoyarse la iniciativa de los hombres de mar para obtener la denominación de origen del Tuno Cabo Blanco – El Ñuro. La peculiaridad del ambiente formado por el frente de las corrientes de Humboldt y de Cronwell, así como la alimentación de los atunes que habitan la zona, permiten distinguir la calidad de este recurso a lo que se añade esta práctica pesquera con el uso de veleros impulsados únicamente por la fuerza del viento, las corrientes de su mar y el sudor de sus inigualables pescadores.

Ex Viceministro de Pesquería