Este 11 de abril nos estamos jugando el futuro del país, no es broma aunque lo pareciera por la cantidad y calidad de candidatos que se han presentado. Para variar, llegamos desinformados y confundidos. Las redes han jugado un rol fundamental en la campaña, pero desafortunadamente no distinguen entre habladurías, engaños y hechos confirmados. La letra impresa que antes trazaba una clara línea entre el rumor y la noticia hoy está desgradada y sin ninguna credibilidad. Publicar relatos falsos es muy fácil y hacerlos circular aún más, pero sin información fiable, nuestra libertad para opinar se expresa a ciegas y la democracia se degrada. La viralidad y el número de retuits se han convertido en valores supremos.

En este oscuro escenario, quisiera comprender por qué Verónika Mendoza tiene tanta aceptación en el sector A/B. Mi primera premisa es que son poco inteligentes y se dejan engañar por esta señora que, debo admitir, es una excelente candidata, fruto del marketing político y de la asesoría de Laura Arroyo, miembro de Podemos, la izquierda marxista española. Mendoza miente cada vez mejor, ofrece una vida paradisiaca con gran naturalidad. Es imagen y discurso, cero fundamentos. Solo quiere capturar el poder y con ello, unir al Perú a esa red de países en la miseria como Venezuela y Bolivia. El grave problema es que se reelegirá sine die al mejor estilo de Maduro o Evo Morales, adaptando la Constitución a sus intereses con la complicidad de un órgano judicial ad-hoc, tal como funcionan todas las dictaduras.

Otra hipótesis es que los grupos más favorecidos del país siempre tienen un pie en el extranjero, vale decir, el Perú es para usarlo y cuando no sirve, desecharlo. Hay quienes, ante tanto privilegio, prefieren votar rojo para tranquilizar su conciencia, se sienten culpables de ser propietarios en un país de desposeídos. Desafortunadamente, no hay argumento que los haga reflexionar; su vocación suicida los desnuda, tal como esos gerentes y empresarios que se pusieron #DePie para “inocentemente” unirse a unas marchas violentas y digitadas desde los medios oficialistas, que determinaron el hoy penosísimo gobierno de Sagasti.

Además, ¿qué confianza da una persona que vive de una ONG cuyo origen de fondos no es claro y que no tiene trayectoria que mostrar salvo su acercamiento a grupos radicales y haber sido secretaria de la corrupta Nadine? Ninguna.

Votaré por un candidato que privilegie la economía, que esté acostumbrado a pagar planillas, pero no de los 4 o 5 analistas que lo asesoran, sino que haya hecho empresa e inversiones en el país, que haya creado miles de puestos de trabajo, pagado impuestos y enfrentado a nuestra temible burocracia. Alguien que esté habituado a dar solución a grandes problemas y no le corra a los retos: pragmático y con orientación a resultados.

El fundamentalismo religioso o las posiciones sobre el aborto, la eutanasia o el matrimonio homosexual son exquisiteces de primer mundo frente al inmenso desafío que significa darles salud, educación y alimentación a millones de peruanos, vale decir, gobernar ese inmenso caos en el que se ha convertido nuestro país. Votar es un derecho, pero votar con inteligencia, una obligación.