Cae la mentira

Cae la mentira

Pedro Castillo tiene experiencia en las marchas y contramarchas de la negociación sindical, y la aplica en el día a día de su penosa gestión. Por eso es que un día dice que “rechaza rotundamente” la asamblea constituyente, y otro que es “hora de debatirla”. Con eso aturde no solo al público sino al secretario general del partido de gobierno, Vladimir Cerrón, quien cree haber avanzado en su objetivo político inviable de una constituyente.

Castillo avanza dos pasos y retrocede uno, mientras va socavando imperceptiblemente la base del secretario general del partido, quien pierde poder infinitesimalmente a diario mientras sus úcaces cotidianos en twitter se tornan cada día más autoritarios e irreales. La salida de diez congresistas de la bancada de Perú Libre para formar la del Bloque Magisterial leal a Castillo, es un golpe político: le quita a Cerrón toda posibilidad de amenazar con la vacancia de la Presidencia.

Pero la lentitud del proceso es un juego extenuante que mina cada día la credibilidad del presidente.

Es un hecho inamovible que la asamblea constituyente es ya un imposible dentro de la ley, la democracia y el Estado de Derecho. Para llevarla a cabo, el partido de gobierno tendría que imponerla por la fuerza desde la calle, pero -como diría el propio secretario general- no hay condiciones objetivas. El pueblo peruano está indignado con el gobierno a causa de la inflación, que ya ha conocido bien en el pasado. No va a caer en la trampa de creer que la constituyente es agua mansa que apagará el incendio cuando todo saben que es echar gasolina al fuego.

La semana pasada ha habido, si embargo, un avance fundamental para el debate de fondo de la constituyente, que el presidente ahora pide. Se ha derrumbado el argumento central del partido de gobierno en pro de la supuesta solución constituyente. Este argumento no es nuevo. Consiste en la falsa construcción mental de que la Constitución de 1993 fue la “constitución de la dictadura”. Jamás lo fue. Hernando de Soto y Bernard Aronson, entonces secretario adjunto del Departameto de Estado para América Latina, han demostrado en entrevista conjunta con RPP la semana pasada que la idea primigenia de la Constitución de 1993 fue propuesta precisamente para retornar en el mínimo plazo a la democracia luego del autogolpe del 5 de abril. Ese fue el compromiso de Alberto Fujimori en persona ante la Asamblea de la OEA en Las Bahamas. El hecho histórico incontrovertible, firme como un roca, es entonces que antes de que terminara ese año de 1992, ocho meses después del 5 de abril, se instalaba el nuevo Congreso y el Perú retornaba a la democracia.

Las grandes reformas de la Constitución de 1993, que hicieron posibles 30 años de prosperidad en que el Perú fue la estrella brillante de América Latina, fueron el fruto democrático de un debate entre representantes parlamentarios elegidos por el pueblo peruano en comicios supervisados al milímetro por la comunidad internacional representada por la OEA.

Nunca fue la Constitución de 1993 la “constitución de la dictadura”. Ese relato falso e interesado fue engendrado solo después por el antifujimorismo para poder sostener mentirosamente que la democracia no volvió al Perú sino hasta el año 2001, cuando el antifujimorismo llegó finalmente al gobierno.

Hoy, es ese mismo relato falso el que ha venido esgrimiendo el partido de gobierno como pretexto para imponerle al Perú, por la vía de la fuerza, una asamblea constituyente que esta vez sí cocinaría la constitución de la dictadura del partido del gobierno.

Este burdo plan cocinado desde La Habana y Caracas solo tiene el propósito de hacerse de los recursos naturales del Perú, que esas dictaduras necesitan para sobrevivir en su miseria. Lo que por desesperación no calcularon es que los peruanos sabemos más, porque atravesamos ese infierno hace 30 años y salimos de él victoriosos con nuestro propio esfuerzo.

Nosotros estamos en esto a la vanguardia y no, como ellos, a la retaguardia de la historia.

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