Quien repite un error, consciente además de su yerro, está condenado a ser esclavo de su estupidez. Quien prefiere repetir los errores ajenos, sabedor del resultado de los mismos, soportará idénticas consecuencias que aquel a quien copiara la equivocación.

Esto viene sucediéndole a la mayoría de peruanos que, conocedores de lo que ocurrió en Venezuela, perseveran en repetir el mismo error que, lamentablemente, cometieron quienes se consideraban venezolanos demócratas. Tras los hechos consumados, ya no hubo vuelta atrás, una vez cometido el error. Los venezolanos creyeron ilusamente que el impresentable Chávez era un militarote más, y que todo concluiría algunos años después. La izquierda unánimemente apoyaba al sátrapa, encandilada por su verbo y embobada por sus mentiras y promesas. Entre tanto el centro y la derecha venezolana se dividieron enfrascándose en un árido debate acerca de si Hugo Chávez sería capaz de destruir el Estado para construir otro inspirado en la miseria cubana. ”Hay que darle más tiempo; hay que tener esperanzas y facilitarle oportunidades para que gobierne a favor de todos los venezolanos. Esforcémonos todos por alcanzar la gobernabilidad”, fue a fin de cuentas el mensaje de los malos dirigentes políticos, tanto de centro como de derecha, del país del Joropo. Quimera que aprovechó Chávez para ejecutar su plan cuyo objeto fue volver comunista a Venezuela, país riquísimo dotado de inacabables reservas de petróleo, que en un tiempo fue ejemplo de democracia para toda la región.

Desgraciadamente, la falta de lucidez de la dirigencia política venezolana -de centro y derecha- consolidó a Chávez en el poder. Aunque aquel respaldo tácito al comunismo, no sirvió precisamente para consolidar la democracia ni mucho menos para afirmar la tan ansiada “gobernabilidad”. Aquel error, amable lector, aquel craso error, únicamente permitió que Chávez impusiese una asamblea constituyente, construida bajo idénticos parámetros –amañados- a aquellos que propone el gobierno comunista que preside Pedro Castillo. Fue así como el Congreso de Venezuela pasó a ser una entelequia que ni pincha ni corta; y menos manda. Está sencillamente pintada en la pared. Desde entonces, la asamblea constituyente venezolana –que produjo una Constitución hecha a imagen y semejanza de la cubana- desempeña en realidad el papel de Parlamento. Sus miembros son elegidos en comicios amañados, y están sometidos al mandato del presidente de turno. Vale decir, la dictadura perfecta. Como aquella que instituyó Fidel Castro, primer terrorista latinoamericano.

El centro y la derecha política venezolana se equivocaron brutalmente al menospreciar las intenciones de Chávez. Fallaron, también, favoreciendo debates y luchas intestinas que acabaron quebrando tanto la democracia como el Estado de Derecho y fragilizando a ambos sectores. Irónicamente, la izquierda venezolana triunfaría sólo con dividir a la derecha y centro político.
Este sintetizado relato sobre cómo Venezuela resultó siendo una tiranía comunista, es el reflejo de lo que viene ocurriendo en el Perú. Lo alucinante es que conocemos esta historia al revés y derecho, y sabemos su corolario. Sin embargo el centro y la derecha peruanos han decidido seguirle los pasos a sus pares venezolanos. A llorar al monte, amable lector.

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