Los desastres que producen la decadencia de las naciones no obedecen a graves situaciones de calamidad, guerra o pandemia, sino a la falta de calidad de la élite política cuando éstas se presentan. Así, los países que logran la grandeza sustentan su éxito en la aparición de líderes provistos de aplomo, experiencia y capacidad, precisamente cuando se hace necesario enfrentar grandes retos. Cuando Inglaterra tuvo que luchar contra el poderoso Imperio español, lo hizo con una reina como Isabel I; la cruenta guerra civil de 1642 entre el Parlamento y la Corona inglesa impulsó el liderazgo de Oliverio Cromwell; a punto de ser vencida por Alemania nazi, Winston Churchill le inspiró patriotismo y entereza; y después del desastre económico de los laboristas, se eligió a Margaret Thatcher en 1974 para recuperar el prestigio perdido.

Inglaterra no tuvo un cambio profundo y destructivo desde Guillermo ‘El Conquistador’ por lo que la costumbre se convirtió en Constitución. Tanto la Corona como su nobleza asumieron los más altos estándares de valores, correspondientes a su época; así, por ejemplo, mientras el asesinato era moneda corriente en las familias reinantes en Europa en el siglo XV, la desaparición de los príncipes Eduardo y Ricardo en la Torre de Londres provocó un escándalo nacional que desacreditó a su tío Eduardo III, siniestro personaje de Shakespeare. La élite política se caracterizó por la autolimitación, el aprecio por la integridad y la lealtad a las tradiciones. La educación universitaria en Oxford y Cambridge, concebida para formar al estamento privilegiado, se extendió a los mejores hijos de las clases medias, conservando en gran medida sus principios y métodos.

Así, quienes postulan a la Cámara de los Comunes están mayoritariamente provistos de una esmerada educación, además de la pertenencia a uno de los tres partidos políticos, debiendo hacer carrera en su interior antes de postular individualmente en alguno de los 650 distritos electorales. Pero ser uno de los 365 diputados del actual partido mayoritario no garantiza un lugar en el Gabinete, hay que ganárselo con talento y esfuerzo. Tanta competencia ocasiona que quien lidere la Cámara, y por tanto el Gobierno de Su Majestad, haya cultivado las virtudes necesarias no solo para gobernar el país, sino también para enfrentar grandes desafíos.

Los políticos plebeyos heredaron los antiguos estándares nobiliarios de virtud, pues el sistema expulsa sin dilaciones a quien produzca escándalo social. Al ser una actividad prestigiosa, la política resulta tentadora para profesionales destacados que desean trascender dejando un legado personal a las siguientes generaciones.