Ya la gente no aplaude en los balcones al comenzar la noche. Nos hemos acostumbrado al desvarío de una peste que asola las ciudades casi sin que las ciudades lo perciban. O lo percibimos entrañablemente y no nos damos cuenta porque queremos escapar, huir todo lo que podamos de la adversidad.

Nos abruma la ineptitud de una estrategia sanitaria y económica que se agota en nimiedades y charlatanería, que contradice sus propios objetivos, que busca marketearse en la hora de la tormenta sin partir de lo básico: informar, comunicar la verdad y desde esa cumbre convocar, unir, invitar. Se ocultan a los muertos y se ignoran a los heridos. No hay camas en las unidades de cuidados intensivos a pesar de que estas se inauguran y se entregan de tanto en tanto. Estamos planificando la reforma integral del sistema de salud y proyectando obras para veinte años, cuando nadie sabe lo que va a pasar la próxima semana y si le tocará a él o a ella la agonía de morir en el silencio de una carpa.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?¿Cómo no nos inmuta sobrevivir en estas condiciones? ¿Qué encuesta podrá medir ese grado de indiferencia, esa tasa de perplejidad, ese indicador de anomia? Todo gira al revés. Lo que debe bajar sube. Las mesetas son el camino hacia una cumbre y sólo se estabiliza el miedo y la ignorancia.

Todo esfuerzo parte de la verdad de lo que hay y lo que se espera. Todo unión se basa en no discriminar. No hay malos ni buenos, sino personas que desde una diferente pero concordante perspectiva ven los problemas del país. Necesitamos una brújula pero no la de la arrogancia y estupidez del poder, sino una que marque el norte para todos. Y necesitamos la crítica para no autocomplacernos en nuestros logros ni empecinarnos en nuestros desaciertos.

Unos versos admirables de Machado, que Serrat musicalizó, dicen: Caminante no hay camino/ se hace camino al andar/Al andar se hace camino/ y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar.

El camino lo hacemos nosotros. Con Dios o sin él. Con brújula o sin ella, nuestro destino es caminar, ir hacia la vida, o a lo que creemos que es la vida. Cada paso es una elección, por eso vivir es elegir, como decía Ortega. Podemos ir hacia el despeñadero o hacia las altas cumbres, depende de nosotros en el plano personal y de nuestros líderes en todos los ámbitos del quehacer diario, en el plano social.

En esa gran metáfora universal que se llama La Peste de Albert Camus, se lee conmovedoramente: “Al grande y furioso impulso de las primeras semanas había sucedido un decaimiento que hubiera sido erróneo tomar por resignación, pero que no dejaba de ser una especie de consentimiento provisional. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, aparentemente cerrada, se abría”.

Que se abra, pues, para mirar el horizonte. Caminante, no hay camino…