En la recta final de campaña y a escasos días del 11 de abril la justa empieza a develar virtudes y falencias. Las virtudes son, como quien dice, milagros, pues en el Perú de hoy no existen campañas profesionales propiamente dichas, lo que marca las gruesas falencias que las dominan. En mi experiencia de haber participado en tres, el candidato o la candidata se va rodeando de un círculo que empieza a hacerse impenetrable de amiguetes, corifeos y franeleros que refuerzan en el candidato lo que este quiere escuchar, es decir, que va viento en popa o que la puede hacer linda si sigue apegado a ellos. Si existe algún experto profesional del marketing político, ya sea extranjero o nacional, poco a poco va siendo apartado por la camarilla de garrapatas que se adhieren al candidato con tal de ganarse alguito, máxime si este tiene opciones presidenciales o, en su defecto, congresales.

Recuerdo como anécdota cómo las decisiones que se tomaban en los comités de campaña de algún candidato o candidata terminaban con las decisiones contrarias a las que se habían acordado en el cónclave donde se habían discutido los pros y los contras de alguna medida o acción proselitista. Resulta que el que tenía la paciencia y la voluntad para quedarse hasta el final de la jornada con el asesorado, si no podía acostarse con él, al menos lo acompañaba hasta la puerta de la habitación de su hotel y, al final, por la mañana, la de la ladilla era la opinión que terminaba prevaleciendo frente a la de los profesionales. La mayoría del entorno que se va apoderando de los candidatos sin dejarlos escuchar otras voces son, digámoslo claro, gente que pretende hacer negocios con la campaña o con el futuro gobierno. Los hay que postulan y “asesoran” para tejer una red de contactos, aunque saben que por sus números y posibilidades nunca saldrán electos. Su negocio es precisamente amarrarse sin despegarse ni un minuto del “pobre” candidato. Los candidatos son también un tema aparte. Los hay quienes creen saberlo todo porque “les ha ido bien en la vida”. Creen, por ejemplo, que los negocios y la política son una misma cosa y se dejan llevar por sus veleidades hasta que patinan. Cuando empiezan a gritar improperios como suelen hacerlo a sus empleados no entienden que ellos son los empleados que están postulando a un cargo público, y que los empleadores son el pueblo peruano.

Otros creen que porque es la tercera vez que postulan ya nadie les puede enseñar nada. Esos son los más propensos a la adulación y al desastre. Si bienvenido es el consejo de un sabio, por lo general en campañas que marcan la diferencia generacional, los sabios, que son siempre viejos, no sirven de mucho porque no conectan con lo nuevo. ¡Hay hasta los que les apesta el pueblo, como Vargas Llosa! Y, por último, está lo que considero incomprensible, que un candidato “sume” fracasados a sus filas, gente que por donde ha pasado no ha dejado más que ruinas políticas pero que se dan mañas para venderse y reciclarse bien. En síntesis, en esta campaña las cosas están tan chicha que las apuestas no tienen mucho sentido de razonabilidad. Cualquiera puede meter la pata y feo y servir de trampolín para el burro que viene atrás. Y pensar que entre estos y sus camarillas tendremos que elegir el 11 de abril.