“Si la historia de las naciones cupiera en una sola palabra, la del Perú se encerraría en la voz mentira”, escribió el lúcido pensador Manuel Gonzalez Prada en ‘Horas de Lucha’. A esto podríamos añadir que si imperase la verdad llamaríamos caquistocracia o kakistocracia (del griego kakistos, es decir “lo peor”) y no democracia a esto que vivimos desde tiempos de Humala. La caquistocracia es el gobierno de los peores, es el poder controlado por ruines, maleantes, viciosos, ignorantes y ladrones. Estos últimos abundan en todas nuestras clases sociales y partidos políticos, sean de izquierda, derecha o centro. Escribió también Gonzalez Prada que en el Perú “el robo presenta los caracteres de una pandemia nacional: donde hay un duro y una mano peruana, hay noventinueve probabilidades contra una para que el duro desaparezca”.

Ollanta Humala instauró el imperio caquistocrático, normalizó la incompetencia, la turbiedad, lo intrascendente y el dispendio en obras billonarias, corruptas e inservibles como el Gasoducto del Sur Peruano y la Refinería de Talara. Sus sucesores no hicieron más que institucionalizarla; desde el lobista internacional Pedro Pablo Kuczynski hasta el insufrible Francisco Sagasti (con sus quequitos, sus pañuelos y su gabinete ong, progre-caviar-inepto); pasando por el pillo mitómano Martín Vizcarra, responsable de la muerte de más de cien mil peruanos (según cifras extraoficiales) y el empobrecimiento de millones como consecuencia del peor manejo mundial de la pandemia, amén de la corrupción desbocada por la ausencia de controles dada la emergencia sanitaria.

En la caquistocracia los políticos y funcionarios están desprestigiados, y los ciudadanos decentes y capaces evitan adentrarse en la cosa política pues pueden alcanzar el éxito en cualquier proyecto privado. El legado de Humala y su esposa Nadine Heredia -tan trepadora ella- es un Estado donde la meritocracia es una palabra hueca.
En la última década se nos alejó de los políticos provenientes de las canteras profesionales, exitosos en sus especialidades, y de los grandes pensadores cuyo discurso iba de la mano de un profundo conocimiento de la realidad social, económica y ambiental del país y de la capacidad de atender las urgentes necesidades de la gente.

Hoy quienes tientan la política son, mayoritariamente, inservibles, fracasados, gente incapaz de abrirse espacio en el competitivo mundo laboral a los que les resulta más cómodo mamar del Estado. Para muestra dos botones: el morado Julio Guzmán, orgulloso de ser mantenido por su esposa, con su equipo de palabreros ignorantes; y, cómo no, el arquero, sin pena ni gloria, George Forsyth. ¿A qué otra cosa podrían dedicarse este par de angelitos?

En las próximas elecciones, sean en abril o después, tenemos la oportunidad de cambiar el destino de nuestro patria, siempre y cuando los medios dejen de idiotizar a los electores y Odebrecht saque su mano inmunda de nuestra política. Mientras tanto exijamos capacidad, decencia y virtud.