Corría el año 1998 y cumplía mi internado final en la carrera de Psicología. Una experiencia muy enriquecedora en el Instituto Peruano de Seguridad Social (IPSS), hoy EsSalud. Entre las tareas que me encargaron estuvo la de asistir al psicólogo clínico César Salinas en el desarrollo de un taller que me impactó desde el nombre: “Cara a cara con el dolor ajeno”. Su propósito era sensibilizar al personal médico y asistencial sobre el sufrimiento de pacientes y familiares, para motivar un trato consciente y cuidadoso con ellos.

Se iniciaba con la presentación de los participantes y la expresión de sus expectativas respecto a lo que se lograría en ese espacio de aprendizaje. No recuerdo un ratio o porcentaje de aquellas personas que manifestaban su incomodidad por las limitaciones y carencias con las que tenían que lidiar a diario en sus labores, pero sí recuerdo referencias comunes en relación a cuestiones muy críticas que -desde entonces- eran evidentes. Se señalaba además que tales limitaciones no eran lo más frustrante, era peor cargar con el estrés rutinario para “hacer de tripas corazón” y enfrentar las situaciones humanas también vinculadas a su labor, como es informar a pacientes o a familiares sobre complicaciones y desenlaces inesperados. Eso sí recuerdo, porque fue además la base para un aprendizaje significativo propio.

Desde entonces tuve claro que los médicos, y el personal asistencial en general, no tendrían que experimentar carencias de recursos en el trabajo: equipos, material quirúrgico y de curación, ambientes, y el siempre largo etcétera. Cosas que, en tanto cosas, serán siempre bienes mediales, pero que en los centros de salud son condicionantes de bienes finales: salud, bienestar, tranquilidad, vida.

Las condiciones de trabajo en los centros de salud tendrían que ser un eje central de la materialización de políticas públicas. La selección del personal de salud debería enaltecer indicadores conductuales acordes con el juramento hipocrático, las escalas remunerativas tendrían que ser de privilegio, en tanto que su capacitación debería incluir siempre temática orientada al entendimiento de la naturaleza humana, de su dignidad ontológica y de relación interpersonal en contextos difíciles. Temas que nos ayudan a comprender la voluntad humana, que tiene que ver tanto con bienes mediales: elegir entre una mascarilla o un cupcake, por ejemplo, como con bienes finales. Para el caso, el bien final se halla en la base del juramento de Hipócrates: “no llevar otro propósito que el bien y la salud de los enfermos”.

De camino hacia todo bien final siempre encontraremos un sinnúmero de bienes mediales, para acercarnos o desviarnos de la ruta. Una coyuntura tan difícil como la actual torna imperativa la decisión pronta de asirnos de aquello que nos acerca al restablecimiento de la salud: vacunas, camas UCI, oxígeno. Cualquier cosa en contrario le será instrumental al genocidio. Este es el punto para elegir, no lo desplacemos con demoras absurdas a un plano impropio de elección, entre una vida u otra. Pongámonos cara a cara con el dolor ajeno.

Ibeth Angulo Zavaleta-Psicóloga especialista en Recursos Humanos