Castillo promueve una sanguinaria revolución

Castillo promueve una sanguinaria revolución

Patrocinado por El Comercio -a través de canal N- el gángster Pedro Castillo se dedica todos los días, exclusivamente, a defender su cargo de presidente de la República, destrozando el sistema democrático -del cual se aprovecha- al que acusa de corrupto y de no haber hecho nada para combatir la corrupción de los gobiernos anteriores, mientras a “a mí sí me imputa la Fiscal de la Nación por hechos de corrupción que yo no he cometido.” El relato es siempre el mismo: su victimización “por ser un provinciano, pobre, campesino, maestro”, y cuanto adjetivo encaje con aquella dialéctica martirizante, que le genera réditos entre una sociedad aún poco culta como esta. Por cierto, aquel discurso victimista de Castillo lo reverbera cotidianamente su primer ministro, Aníbal Torres, también apadrinado por El Comercio -vía canal N- mediante horas de horas cada día de interminables transmisiones adonde la dupla acentúa una entonación folklórica, que cala bien frente al populorum. Este dueto destila odio, venganza y pasión, vomitando un ánimo revanchista que exacerba a una población cada vez más pobre, con más hambre, menos trabajo y menores ingresos, por culpa de este gobernante que, en lugar de administrar coherentemente el Estado, se dedica –como hemos denunciado- a defenderse desesperadamente del poder Judicial, de la Fiscalía de la Nación, y del Tribunal Constitucional. En un año y medio de desgobierno y de rapiña, Castillo ha acumulado ocho (o cincuenta y seis, como trascendió ayer) carpetas elaboradas consistentemente por la Fiscalía. Pero no en base a lucubraciones, sino en función a declaraciones privilegiadas de los colaboradores más estrechos que han acompañado a Castillo en sus primeros quince meses de andanzas, juntos en aquella gigantesca organización criminal que, presuntamente, le imputa dirigir la Justicia.

¡Consecuentemente Pedro Castillo es un peligro público, amable lector! Porque no sólo NO administra el país -carece de intelecto y preparación para hacerlo- sino que está abocado a hacer trizas lo que signifique democracia y Estado de Derecho, únicos pilares que permiten al ciudadano contar con un país en orden que le facilite oportunidades de trabajo en el sector privado, y servicios públicos eficientes (Educación, Sanidad, Seguridad) a cargo del Estado. ¡Vale decir, la estabilidad personal de Juan Pueblo y la de sus familiares! Pero, repetimos, por desgracia Castillo no puede gobernar: 1) ¡porque no sabe hacerlo! y 2) ¡porque es consciente de haber delinquido! Respecto a esto último, la única salida que ve Castillo es utilizar el poder -que da el manejo de la presidencia de la nación- para cuidar sus espaldas, defendiéndose de la ley (que le persigue) por haberla violado reiterativamente a través de aquella mafia familiar y amical constituida, en exclusivo, para robarle al Estado y beneficiarse criminalmente.

Apostilla. Para que usted, amable lector, se convenza de que Pedro Castillo ha delinquido robándole al país, le basta leer los casi 200 considerandos incluidos en la contundente acusación constitucional que el Ministerio Público presentó ante el Congreso, pormenorizando los actos criminales perpetrados por Castillo y su banda criminal en apenas año y medio.

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