Está más que documentado que Pedro Castillo, el precario inquilino de Palacio de Gobierno, hasta hace un año no usaba el sombrero que ahora no deja de lucir hasta en ceremonias oficiales y espacios cerrados, desafiando incluso elementales reglas de urbanidad y protocolo que sugieren sea retirado. Sin duda ese sombrero, que ya fue objeto de ridiculización con el mote de “sombrero luminoso”, lo único que hace es lograr que el personaje resulte fuera de lugar y la dignidad presidencial peruana que detenta Castillo quede también menoscabada, ridiculizada.

Como si ello no bastara, Castillo se aferra al liki liki, traje típico de los llaneros venezolanos, adaptado al gusto de Evo Morales y que hoy es el uniforme de los que se reconocen seguidores de Hugo Chávez.

Sería muy superficial creer que se trata de  gustos, muy malos ciertamente, ya que ellos vienen acompañados de detalles nefastos por irrespetuosos incluso de nuestros símbolos patrios, como aquél que lució Castillo el último viernes, en su traslado hacia México, en viaje oficial pagado con dinero público,  queriendo representar los colores de nuestra bandera pero en lugar de las franjas verticales rojo, blanco y rojo, previstas en el artículo 49° de nuestra Constitución, las llevaba horizontales, asemejando más bien la bandera de un país europeo.

Peor aún lucía la cónyuge del mandatario, que pese a tener recién contratada y con sueldo superior al de congresista a una asesora en su despacho de  primera dama, no iba vestida  como para ser recibida por altas autoridades del país visitado. Parecía lista para ir de paseo al parque o de compras al mercado. Pertenezco a una familia provinciana, de agricultores costeños y he vivido y visitado también  pueblos andinos y amazónicos y encuentro que es una falta de respeto pretender desconocer que mujeres y hombres de provincias, sobre todo los más humildes, se esfuerzan por  vestir con propiedad y armonía según cada ocasión.

Quedan para triste registro y recordación la pobre e incoherente alocución de Castillo ante la asamblea de la CELAC el sábado y su discurso de ayer ante el Consejo Permanente de la OEA, donde repitió y repitió la palabra “espacio” y habló hasta de exportar corruptos, lo que sin duda debe haber incomodado a su mentor Cerrón, condenado por corrupción en su cargo de gobernador.

Y todo lo que detallo, se ha producido en presencia y cómplice inacción o indiferencia del titular y funcionarios de nuestra Cancillería, nunca tan avergonzada ni venida a menos como nuestro propio país y los peruanos.

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