A diferencia del último discurso del presidente Vizcarra, que dejó un sabor a despedida evasiva y desconexión de la realidad, el primer ministro hizo bien en aterrizar los buenos deseos del mandatario en una ruta programática con énfasis en políticas pro inversión pública y privada y reconstitución de la economía de mercado.

Destaco su apuesta por una reforma de la Salud que integre los subsistemas de atención públicos, haga realidad el intercambio prestacional con foco en el paciente, y anuncie la creación de un organismo especializado que planifique la compra de medicamentos y tratamientos de última generación para los peruanos. No es lo mismo que comprar lapiceros y carpetas. El reto es leer la nueva normalidad Covid-19 y reorientar la acción del Estado con un espíritu diferente, donde las alianzas público-privadas deben marcar la diferencia respecto al olvido en que se tuvo al sector las últimas décadas.

Destaco el énfasis puesto en la promoción del empleo sin distinción. El reto es rescatar ingresos y capacidad de ahorro, tanto en el sector formal como informal, pero sin olvidar que el gran empleador es la iniciativa privada y el emprendimiento. Si permitimos que las empresas quiebren, en especial las pequeñas y medianas, cualquier esfuerzo por darle sostenibilidad a las familias con bonos sin retorno, se convierte en una política de sobrevivencia y NO en una que genere riqueza. ¿Sabemos cómo distinguir a los informales de los traficantes y mafiosos?

Destaco también su apuesta por la conectividad. Si queremos dotar de un equipamiento distinto al territorio nacional, debemos sumar a la construcción de carreteras, hospitales y colegios una transformación digital que también nos conecte. Preocupa que esta digitalización vía teleeducación y telemedicina anunciada se convierta solo en eso. En un anuncio que termine asfixiado por la burocracia, que entiende muy bien que instalar inteligencia artificial en el Estado significa también su obsolescencia como funcionarios poco calificados para administrar la nueva modalidad de atención al ciudadano. ¿Podrá el nuevo gabinete vencer esta inercia que nos tiene conminados a estar entre los últimos de la fila en la historia de esta revolución mundial?

Resulta oportuno que Cateriano explicite un discurso neoconservador dinámico, que no muere en tradiciones obsoletas, sino que replantea la realidad social según su imaginario. Cojea, sin embargo, del talón de Aquiles de siempre: la estrategia social. La minería es un buen ejemplo. Apuesta con vigor por rescatarla como actividad por excelencia del crecimiento y el desarrollo, pero omite soluciones concretas para enfrentar los conflictos sociales que los activistas antimineros cocinan en el Sur del país. ¿Por qué no convertirlo también prioridad de Estado?