En Lepanto y Argel trató infructuosamente de resolver una de sus dudas esenciales. Quería saber si era o no era valiente. No deseaba ser sólo el guerrero que blande victoriosamente la espada sino el hombre que se prueba a sí mismo el valor y la fe; el mismo que en cierta plenitud o en cierto jubiloso azar puede borrar la distancia entre lo que se quiere ser y lo que en verdad se es. Él lo hizo pero aun así no tuvo éxito en su colosal empresa, tal vez porque no haya nada que sea digno de fe o porque una duda esencial está siempre más allá de toda certidumbre.

Disminuido físicamente, fracasado, triste y a una edad en la que se está ya de vuelta de las ilusiones y de las aventuras, tuvo la grandeza de expresar el sentimiento trágico de su vida. Y lo hizo con fidelidad, con humor, con gracia, con sabiduría, en una novela que no es sólo el paradigma de una lengua, sino de un carácter, de una manera de ver y sentir el mundo.

Como el destino fue duro con él, él fue manso con el destino y lo dejó pasar agotándolo en tareas tediosas y grises. En ese oscuro devenir que duró muchos años y que abarcó algunas latitudes, todas ellas cercanas a su ciudad natal, fue un descuidado comisario político y un mediocre recaudador de impuestos, de la misma forma que un poeta frustrado que se resigna a su suerte de narrador de truculentas historias. Estuvo preso en varias ocasiones y por diversas causas relativamente triviales y, salvo una de las definiciones más hermosas de libertad, no hay indicios en sus obras de que tales encierros lo hubieran afectado.

Para reivindicar un sueño imposible, entremezcló la realidad y la ficción con tal rigor y sapiencia que hubo quienes, como Unamuno, reclamaron el rescate del sepulcro de su héroe, Don Quijote. En un lugar de La Mancha que todos hemos recorrido alguna vez, están, sin duda, sus huesos y sus quimeras (las de Él y las de su ingenioso Hidalgo). Realidad y ficción unidas en un relato entrañable que las generaciones han transformado en un mito.

Ha dejado para la posteridad que siempre sigue siendo presente frases memorables que ya forman parte de la sabiduría humana de todos los tiempos. Hay algunas famosas y otras que no lo son tanto y otras que pasan desapercibidas en ese maravilloso mosaico de 23 mil palabras que es la novela emblemática de nuestro idioma.

Ladran Sancho, señal de que avanzamos, podría estar en la Biblia, en el Talmud, en el Corán porque es mucho más que una frase, es una letanía de los dioses. Y así hay otras que simplifican doctrinas enteras como este conmovedor lamento: Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso…

Hace cuatrocientos y tantos años que se publicó su libro y desde entonces no hay un hispanohablante que no haya hecho suyos los molinos de viento, las ventas, el fiel escudero, el jamelgo rampante, la dulcísima dama del Toboso.

No son una historia más, acaso emblemática. Son nuestra propia historia: realidad y ficción entremezcladas sencilla e irremediablemente. Como la muerte y la vida.