Columnista - César Campos R.

La patria nueva

César Campos R.

Periodista Profesional y colegiado, egresado de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Con más de 35 años de experiencia como director y editor de diversas publicaciones nacionales, director y productor de programas radiales y de TV.

6 oct. 2019 02:00 am
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Nada me aparta y –por el contrario– todo me confirma la sibilina imagen política del ingeniero Martín Vizcarra, descrita en esta columna desde que cumplía tareas como ministro de Transportes y Comunicaciones.

Detecté su rápida sumisión a las barras bravas cuando un conocido promotor de invasiones en la zona de Huachipa recibió su beneplácito al demandarse falsamente como víctima de una reubicación, durante el desborde del rio Huaycoloro en el verano del 2017. La bajada de cabeza ante Elmer Cáceres Llica y alcaldes del valle del Tambo rubricó para mí su tendencia hacia la sinuosidad, la doble cara, hipocresía disfrazada de calma y buenas formas.

Más terrible fue comprobar la enorme laxitud de Vizcarra frente a los principios constitucionales y la visión de Estado. El jueves 13 de septiembre de 2018, al ser consultado sobre si la demora del debate de la reforma política en el Parlamento lo consideraba una “venganza” del fujimorismo, respondió: “Yo personifico a la nación, represento a todos los peruanos. Entonces, la venganza no es contra mí, la venganza sería contra todos los peruanos”. En puridad se trató de la primera interpretación auténtica vizcarrista de nuestra Carta política: qué significa “personificar a la nación”. A su libre albedrío, como le vino en gana.

La última interpretación auténtica la encarna el concepto de “denegación fáctica” de la confianza, mediante la cual disolvió un Congreso cuya mayoría hizo todos los esfuerzos para volverlo impresentable, inviable, repudiable. Lo peor de todo, sin dar la impresión que tomaban nota de ello. Mientras Vizcarra ganaba las calles con el facilismo de trasladarles la culpa de los males del país, los parlamentarios bramaban desde sus curules olvidando el antiguo adagio de don Rafael Belaunde, primer ministro del presidente José Luis Bustamante y Rivero: las masas se combaten con las masas. Era natural: ya no las tenían ni las buscaban.

Ahora Vizcarra cuenta con cuatro meses de casi absoluta impunidad y ausencia de fiscalización para ejecutar planes que había abandonado en el escenario de convivir con un Parlamento adverso.

Lo solventa la naturaleza de Mesa de Partes que tiene la Comisión Permanente, sin capacidad de enmendar los decretos de urgencia a emitirse por el Gobierno.

Con nuevas herramientas legales, el jefe del régimen inclinará la balanza hacia una ejecución acelerada del Presupuesto, de la mano con los gobiernos regionales. Las repartijas pasarán del hemiciclo al gran salón del Palacio de Gobierno, donde se llevan a cabo los GORE-Ejecutivo. Las prioridades serán definidas según el interés político de la logia moqueguana gobernante.
Será una de las tantas consecuencias de este anómalo pero festejadísimo amanecer de una patria nueva. Recuerde el lector cuántas hemos tenido en la historia violando la Constitución.

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