Charles Philbrook

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Las dos Europas

El euro empezó mal y acabará mal. Pienso en Italia, en Grecia… Desde un comienzo fue un proyecto político, y no lo que debió haber sido, uno económico.

Cuando se debatía lo que iría impreso en la partida de nacimiento de esta nada unitaria unión monetaria, cuenta Paul de Grauwe, profesor de Economía Política en la London School of Economics, los miembros de la Comisión Europea invitaron a un grupo de expertos en el tema para escuchar su opinión.

Uno de ellos fue él, que cometió el imperdonable error de hacer público su escepticismo sobre la viabilidad del euro. Nunca más lo llamaron. “Al final  ̶ lamenta el profesor ̶  solo quedaron los entusiastas defensores del proyecto monetario” (“Leaving the euro may be better than the alternative”, Eduardo Porter, New York Times, 16/mayo/2012.)

No una sino dos Europas económicas, una hegemónica y otra periférica, la del norte y la del sur, comparten una misma moneda. Para los europeos septentrionales esta es débil y tiene efectos inflacionarios (burbujas especulativas), y para los otros es demasiado fuerte y produce los efectos opuestos.

Desde el día que vio la luz esta unión fue un proyecto mal concebido. No cumplía y no cumple con ninguna de las cuatro condiciones necesarias, que Robert Mundell, el laureado economista, considera que son fundamentales, imprescindibles en toda “región monetaria óptima”.

¿Hay completa libertad de movimiento de la mano de obra de un país a otro? No: los diferentes idiomas sirven de barrera. Un norteamericano, en cambio, de Los Ángeles puede mudarse a Nueva York y el idioma sigue siendo el mismo.

¿Existe completa flexibilidad de precios y de salarios? Tampoco. ¿Y acaso un mecanismo, como el estadounidense, de transferencias fiscales, mediante el cual 20 Estados de la Unión pagan en impuestos más de lo que reciben de Washington y ese diferencial se canaliza a los otros 30? Ni de cerca.

Por último, ¿hay convergencia en los ciclos económicos de los países que comparten el euro? Divergencia, sí; convergencia, no.

Exigirle a Alemania que dé más de lo que ya ha dado no es nada serio y, quién sabe, podría acabar siendo contraproducente. Después de todo, ¿no fue la crisis de finales de los años 20 la que hizo del cabo del bigote cepillo de dientes canciller imperial el 33?

En democracia cualquier resultado es posible (pregúntele a Trump después de las elecciones de este martes). Si solo los economistas y la clase política pudieran entenderlo.

 





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