La mañana del 17 de junio de 1972, un joven reportero de la sección Locales de The Washington Post llamado Bob Woodward fue encomendado por su jefe para darle seguimiento a la comparecencia ante el juez de cinco sujetos que –horas antes, en la madrugada– fueron sorprendidos husmeando al interior del Cuartel Nacional del Partido Demócrata, ubicado en el complejo hotelero Watergate de la capital de los Estados Unidos. Todo parecía un simple intento de robo, pero resultaba importante indagar quiénes eran sus perpetradores.

Woodward se ubicó en la primera fila del tribunal para escuchar mejor los cargos y los nombres de los acusados. Su primera sorpresa fue oír que uno de ellos, James McCord, casi musitando, aseveró ser un ex empleado de la CIA cuando se le interrogó por su oficio. Otro reportero, Gene Bachinski, recibió de la policía el dato que en los bolsillos de los arrestados se encontraron dos agendas pequeñas con el nombre y el número telefónico de Howard Hunt junto a la anotación “White House”. ¿Quién era Hunt? Pues también un ex agente de la CIA, operador encubierto que había sido contratado nada menos que por Charles Colson, consejero jefe del presidente Richard Nixon.
Muchos conocen las consecuencias del caso Watergate pero son menos los que saben al detalle su origen. Y casi nadie repasa todas las maniobras realizadas desde la Casa Blanca para encubrir a los responsables de un escándalo que terminaría con la renuncia de Nixon, el encarcelamiento de más de 40 personas incluidos el fiscal general de los EEUU, el jefe de personal y el consejero mayor del mandatario.

Repasando lo acontecido en el Perú con el caso Swing, sería bueno poner las piezas en orden. Como en Watergate, el ciudadano Richard Cisneros apenas es el hilo inicial de una madeja que en sí mismo no constituye el tema de fondo. Es un pobre diablo favorecido por el presidente Martín Vizcarra con un encargo público que imita el típico gesto de clientelaje practicado en todos los gobiernos. Vizcarra no hace la diferencia, aunque lo pregone.

El vector importante es aquel que lo conduce a los extramuros de la ley, propiciando una estrategia de encubrimiento del affaire Swing junto a su más cercana colaboradora, la secretaria general de la Presidencia Mirian Morales. Porque cabe preguntarse si dicho affaire es el primero y único que lleva al borrado de registros de ingreso a Palacio, correos electrónicos y llamadas telefónicas, y todo lo que –hasta la fecha– la fiscalía a cargo del tema ha confirmado de manera veloz.

La señora Morales, protagonista de otros hechos turbios e investigables, llevará sin duda a una caja infinita de revelaciones que pintarán de cuerpo entero la naturaleza taimada de su promotor.