China no debe permanecer de perfil tras lo ocurrido en el Mundo por el Covid-19. Si bien no existe prueba concluyente de que China fabricara este virus letal que ha generado una pandemia que, hasta el momento, ha contagiado a 120 millones de personas y cobrado la vida de 2.6 millones de seres humanos en todo el planeta, lo que sí es verdad es que en China se dio el primer caso de esta plaga, se supo de la ferocidad de sus efectos y se conoció la facilidad de su contagio, sin que las autoridades del gigante asiático avisaran universalmente sobre los riesgos que acarreaba no adoptar urgentes, inmediatas, drásticas medidas. Como las que, obviamente, adoptaron los chinos. Al extremo que, en pocos meses, superaron la plaga y su PBI logró crecer 2.3% durante el aciago 2020. Hoy China se desenvuelve con total normalidad y exhibe al resto del planeta una condición de progreso como ninguna otra nación.

Es más. China ha fabricado diversas vacunas. Algunas de infame factura. Como la que sospechosamente adquirió, a altísimo precio y en medio de un escándalo de corruptoras preferencias, el mamarrachento gobierno a cargo de Sagasti, dizque para poder controlar la pandemia. Aunque conociéndose el receloso comportamiento del gigante oriental, su objetivo pudiera ser diametralmente el opuesto. Con China, nada se sabe.

Sin embargo, el mundo sigue pasando por alto la indudable posibilidad de que el virus Covid-19 haya sido elaborado en algún laboratorio de la China comunista localizado en la ciudad Wuhan. La primera noticia de que una persona había fallecido de algo semejante a un tipo de neumonía fulminante provino precisamente de aquella localidad. Un tiempo después, las Naciones Unidas envió a un equipo de científicos a Wuhan para estudiar los orígenes, efectos y demás detalles del siniestro Covid-19. Sin embargo, nunca llegó a determinarse el resultado de aquel “estudio” ni de nada que se relacione con la presunta investigación que anunció la ONU. El hermetismo al que apela la ONU cuando quiere evitar que el mundo sepa lo que ella conoce, unido además al refinado secretismo característico de la China comunista, genera enorme suspicacia en todo el resto del mundo. Existen innumerables leyendas tejidas alrededor del origen del Covid-19. Una es la novela “Los ojos de la oscuridad” publicada en año 1981 por el autor norteamericano Dean R. Koontz. Como escribiéramos hace poco menos de un año, en el capítulo 39 Koontz relata que “alrededor del año 2020 aparecería un arma biológica que produciría una pandemia planetaria llamada virus Wuhan-400, en honor a que se desarrolló en los laboratorios de esa ciudad y resultó siendo el vial en cadena número 400 de microorganismos hechos por el hombre creados en ese centro de investigación.”

Sea lo que fuere las sorprendentes coincidencias que tienen esas leyendas con la alerta sanitaria lanzada por la OMS, los hechos no hacen sino retroalimentar las sospechas de que algo se pudre esta vez no en Dinamarca, sino en China. El mundo tiene derecho a conocer toda la verdad.