Flota, cisne, flota le gritó Francis Scott Fitzgerald a Zelda Sayre unos instantes antes del naufragio. Pero el ave de sus sueños y de sus soledades no flotó. Como Jeanne Hebuterne( el cisne de Modigliani) se ahogó en el lago de la desesperación y la locura. Y no sólo eso: algunos años después su largo cuello alado se consumió para siempre entre las llamas, cuando el hospital psiquiátrico en el que estaba confinada se incendió. Era 1948, pero desde el 30 (y tal vez antes) ella ya había empezado a ser un túmulo de delirios y cenizas.

La conoció en un campamento de Alabama donde, seguramente, brillaba más que todas las estrellas. Desde esa vez la llenó de fastos y de luces y se entregó, casi sin tregua, a un imposible amor. Por razones oscuras y remotas el cisne de cuello blanco quería repetir la historia de los cisnes de los lagos del Sur que tienen una sola pareja a la que no abandonan nunca.

Zelda, el cisne, no necesitaba que la amen, sino que la cuiden, que la protejan, que la deseen, que la guarden, puesto que para recibir amor, al igual que para darlo, hay que estar preparado y persuadido como ella jamás lo estuvo entre los recuerdos de la infancia, la bulla de los casinos y el perfume de la Riviera francesa rociado tantas noches sobre su pecho, ansioso de un regazo pero al mismo tiempo sólo y elusivo.

Porque tenía la certeza de que todos los dioses habían muerto, Francis Scott Fitzgerald quiso vivir a este lado del Paraíso, ignorando que en el otro, en el lado de los pobres y de los esperanzados, está la única dicha a la que podemos aspirar, como le dijo García Marquez al Patriarca en el final de su otoño, y poco antes de que muriera…”a una edad indefinida entre los 107 y los 232 años”.

El dinero ha aniquilado más almas que el hierro cuerpos, escribió Francis cuando su alma estaba casi en ruinas. Amaba la vida pero sabía que el amor a ella es esencialmente tan incomunicable como el dolor. Por eso Zelda no lo pudo escuchar y comenzó ese odio feroz, alucinado que terminaría quemándose con ella.

Olvida el pasado, da la vuelta despacio en las aguas en las que te mueves y regresa, le dijo en una carta fechada en 1931 y que ella llevaba consigo en su último día. Pero el cisne no se pudo detener y siguió de largo. En el estrecho horizonte ya acechaban la hoguera y el silencio.

El hombre al que amó todo lo que ella sabía amar (y que era tan poco), le había dicho que la vida era sólo un continuo proceso de deterioro, pero también que la vitalidad se revelaba no solamente en la capacidad de persistir sino en la de volver a empezar. Ninguno de los dos lo pudo hacer. Uno destruido por el alcohol y el otro abrasado por la locura.

Ella, el cisne, que siempre había pensado que el infierno era lo más parecido a un manicomio en llamas, murió quemada viva dentro de una habitación del hospital psiquiátrico de Carolina del Norte.