La mayoría ciudadana ha decidido, una vez más, declarar incapaz moralmente a la clase política. El “golpe constitucional” dado por 105 congresistas para controlar el Poder Ejecutivo y lanzar la anémica gobernabilidad a las profundidades de la incertidumbre -presionado por mercaderes de la educación, investigados por la justicia, sentenciados a la espera de un indulto, angurrientos de poder y almas sedientas de venganza-, atizó la ira e indignación popular, que inundó calles y plazas, provocando además estruendosos cacerolazos.
No es la primera vez que la clase política nos lleva al despeñadero de la desesperanza. La historia está preñada de actos impropios en los que los partidos y movimientos políticos priorizaron sus intereses y tiraron al traste el de los ciudadanos, para beneplácito de dictadores y oportunistas que se levantaron en vilo al país y asaltaron las arcas del Estado, dejándonos en la ruina total.
Hoy, esa convenida ceguera y sordera de la clase política ante el clamor popular nos lleva al recurrente escenario de degradación del sistema democrático. Los actos de corrupción promovidos y apapachados por los “líderes” de todos los partidos y movimientos políticos que gestionaron el Estado desde la recuperación de la democracia pisoteada por la opresión militar, fueron siempre un factor corrosivo de la precaria institucionalidad y constituyeron la esencia de la metástasis del modelo de representación popular, que hace buen tiempo presenta graves síntomas de deslegitimación.
Hoy, los partidos y movimientos políticos –la mayoría convertidos en vientres de alquiler de los mercaderes, angurrientos y mafiosos-, nuevamente le han fallado al país. Este Congreso que nació de la pugna entre bandas organizadas espantadas por las investigaciones fiscales anticorrupción, fue un cheque en blanco más que la mayoría ciudadana le extendió a la democracia en las últimas elecciones. ¿Y cuál fue la oferta de los partidos y movimientos políticos en sus listas? ¿Hicieron el trabajo de excluir testaferros y personajes sin rabo de paja? Algunos dirán, “oye, pero este Congreso fue elegido por voto popular, por lo tanto, ¡la culpa es del elector!”. Bien simplones, ¿no? O, acaso no saben que el pobre menú reflejado en la cartilla electoral viene siempre con nervio, hueso y gusanos, obligándonos a escoger entre “los males menores”.
¿Cómo rescatar al país de las profundidades de la incertidumbre? Las próximas elecciones pueden constituirse en una última oportunidad para que la clase política pueda regenerarse y conquistar de nuevo la confianza de los ciudadanos en el sistema democrático. ¿Cómo? Presentando no sólo propuestas enfocadas en las demandas de las mayorías, sino listas parlamentarias y equipos de gobierno vacunados contra la inmoralidad, la corrupción, el mercantilismo y el populismo rastrero y ruin. Si, nuevamente, los partidos y movimientos políticos nos siguen ofreciendo un menú envenenado por la corrupción, la democracia colapsará y con ella las instituciones que le dan vida, siendo asaltadas de nuevo por aventureros aupados en los hombros de mafiosos y carroñeros, que harán del caos y desgobierno su ecosistema de supervivencia.