Crimen y castigo es quizá la principal novela por la cual uno accede al mundo de Fiódor Dostoievski (o, al menos, es lo aconsejable). En mi caso, el acceso no fue simple. Una amiga de la academia me la prestó y, por razones que ahora me cuestan explicar, jamás pude acabarla. Años más tarde saldé mi deuda y esta semana la releí casi sin querer (mientras uno limpia u ordena los estantes no puede evitar caer en la tentación de la relectura).

Debo reconocer lo grato que ha sido este reencuentro por dos razones. Primero, porque la esencia de este clásico sigue tan vigente que a uno aún se le eriza la piel y se asombra ante lo narrado. Segundo, porque la filosofía y psicología de los personajes, sumado a los conceptos básicos en que se funda la novela, depositan cierta reflexión en el lector y le otorgan una mirada crítica sobre la realidad.

Rodion Románich Raskólnikov, el personaje principal, sostiene que existen dos clases de hombres: los que obedecen las leyes y los que las rompen para luego crear las nuevas leyes. Esta idea, que se filtra hacia todos los rincones de la novela, es la raíz de su crimen, del cual se desprenden interesantes cuestionamientos. Quizá el más interesante de todos se puede resumir en una pregunta: ¿matar a una persona vil (evitando así el mal a muchos) puede acaso ser considerada una acción buena?

La relectura de este clásico me llevó de inmediato a una de las mejores películas de nuestro país. Es decir, a Sin compasión, dirigida por Francisco Lombardi. Como se sabe, Sin compasión es la adaptación cinematográfica de esta novela y compendia toda la historia de manera eficaz y le otorga esa oscuridad que en todo momento está presente en la trama, ese ambiente lóbrego que habita tanto en las cosas como en el espíritu de los personajes.

Volviendo al libro, Bajtín tiene un interesante estudio sobre la polifonía en Crimen y castigo. En Problemas de la poética de Dostoievski, sostiene que en la narrativa del escritor ruso existe una «pluralidad de voces y conciencias independientes e inconfundibles». En este sentido, Raskólnikov expone una filosofía de vida que se independiza incluso de la visión artística de Dostoievski: el héroe es poco menos que un ideólogo. Surgen, además de esta, muchas otras voces que se le enfrentan y cada cual pugna por ocupar un espacio en el discurso de la novela.