A Río Revuelto Ganancia de Pescadores

La lucha contra la corrupción y los procesos investigatorios que, de ello se deriva, comprende a un gran número de personas involucradas en este tipo de delito, produciendo así una gran revuelta ciudadana. Población ésta que orienta su interés en tratar de identificar a quién o quiénes son los que, finalmente, se benefician con esa situación.

Por dónde se le mire, lo cierto es que este accionar delictivo viene carcomiendo los cimientos de las estructuras sociales y de la institucionalización del sistema democrático en esta región.

La atención gubernamental en zonas vulnerables que puedan haber sufrido los embates de la naturaleza, la búsqueda de la estabilidad y crecimiento de la economía nacional, la salud, seguridad y educación ciudadana son algunos de los asuntos que requieren ser tratados por todas las autoridades, en todos sus niveles, así como también deben merecer ser difundidas y analizadas las diferentes alternativas de atención por parte de los actores políticos y, en particular de la propia ciudadanía, que debe ser la realmente interesada.

Pero lo que, generalmente, interesa al común de la población son los actos delictivos, los conflictos entre los Órganos del Estado, los pleitos entre los actores políticos y, en mucho menor medida, interesa a la población, los temas que la afectan directamente. Pues, en ese sentido, la ciudadanía (léase, el sufragante o elector), más se motiva o se interesa por las noticias negativas, como consecuencia de su hartazgo frente a la mentira, ocultamiento de  información y, lo que es más, hay una percepción que se burlan de la inteligencia  del pueblo.

Precisamente, en función a esa conducta política de la población, producto de su indignación derivada de los actos de corrupción que se denuncian, la presión mediática sirve para orientar e incentivar a la misma para que se comporte de una manera determinada. Es decir, se manipula la conciencia ciudadana.

Y, lo que es peor, cuando ese comportamiento ciudadano se incrementa sustancialmente, comienza a afectar o influir en la actuación de las instituciones públicas y privadas, desnaturalizando así su propio accionar.

Esa deformación de la actuación, en particular, de los organismos públicos termina por afectar el funcionamiento del gobierno, violentando el principio de la separación de poderes, como un elemento fundamental del Estado de Derecho.

Por cierto, esa realidad de inestabilidad sociopolítica, donde “nadie sabe para quién trabaja”, de seguro, tiene grupos de personas que terminan por ser los beneficiados (A río revuelto ganancia de pescadores, dice el dicho).

En todo caso, frente a ese panorama, es necesario que la estructura del poder, en el funcionamiento de un Estado, se caracterice por lograr que, cada cual haga lo que le compete, desde su actividad pública o privada, evitando vulnerar o afectar las funciones o atribuciones de los otros.

El ya citado principio de separación de poderes, mejor entendido como separación de funciones, garantiza que se evite la concentración del poder y, en su defecto, permite que la democracia pueda, efectivamente, funcionar.

Si no fuera así, el sistema se expone a que su funcionamiento implique que el interés personal, de grupo o de clase, se imponga sobre el interés general y concluya en que la democracia sea sólo declarativa y, lo que, es más, en su nombre, se permita todo tipo de arbitrariedades.

La democracia no es solo elecciones, ni una forma de gobierno (o, forma de poder); la democracia es una forma de vida política, que se caracteriza por que la autoridad es representativa de la población, pero, existen mecanismos que permiten que la ciudadanía, más allá de los procesos electorales, pueda expresar sus puntos de vista, respecto a los asuntos de interés general.

Pero, para conseguirlo, es necesario que el común de las personas se encuentre debidamente informadas sobre aquellos temas que deben decidir. La desinformación es la madre de todos los vicios, manipulaciones y desorientaciones.

La ciudadanía debe estar en condiciones de poder identificar e interpretar los comentarios de los analistas y opinólogos, en su diversidad de tendencias que ellos obviamente tienen.

Lo antes indicado, me permite concluir que, por si acaso, cualquier parecido con nuestra realidad es pura coincidencia.

 

Gastón Soto Vallenas (*)

(*) Ex Miembro Titular del JNE y profesor de D. Constitucional en la UNMSM

 

 










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