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Albert Camus: el artista absuelve, no condena

Han pasado 60 años de la muerte del célebre Albert Camus (1913-1960). Tenía apenas 47 años al morir y, como él mismo decía, su obra aún no había empezado. Muerte prematura la suya que deja en el tintero más preguntas que respuestas acerca de la condición humana. La mía es la visión de un lector que busca y disfruta de las ideas que recorren como cañamazo la narrativa de Camus, especialmente la de sus últimos diez años que he leído mirando con el rabillo del ojo sus Cuadernos, aquellos apuntes que van de marzo de 1951 a diciembre de 1959.

Una clave importante para comprender el sentido de su literatura está en el Prólogo que escribiera, veinte años después, a la edición de su primer libro “El revés y el derecho”. Dice: “si pese a tantos esfuerzos por edificar un lenguaje y dar vida a los mitos, no consiguiera yo algún día volver a escribir El revés y el derecho (1937), entonces no habría llegado a nada. (…). Nada me impide, en todo caso, soñar que lo lograré, imaginar que emplazaré en el centro de esa obra el admirable silencio de una madre (sufría sordera) y el esfuerzo de un hombre para volver a encontrar una justicia o un amor que equilibre ese silencio”.

La muerte le tomó la delantera a Camus mientras escribía “El primer hombre”, novela que no terminó en cuyo centro estaba el admirable silencio de su madre y la búsqueda de su origen histórico, su padre, a quien no conoció, pues murió en la Gran Guerra. Viajó, buscó, preguntó, interrogó a su madre y muy poco pudo conocer de su padre. A quien encontró fue a su madre. Ella había estado siempre allí. “Yo había buscado locamente al padre que no tenía –escribe Camus en sus Cuadernos (1953)- y ahora descubría lo que siempre tuve: a mi madre y su silencio”. Pero como bien saben los hijos, el silencio de una madre no es cualquier silencio, es un silencio arropador, mudez que acompaña. Remedio de la soledad.

Las obras de sus últimos años, especialmente, la novela inconclusa que dejó a su muerte “El primer hombre” nos muestran a un artista rebelde y consciente de los límites de lo humano. “Por eso es por lo que el artista –dice Camus (“Discurso de Suecia”, 14. XII. 57)-, al término de su itinerario, absuelve en vez de condenar. No es juez, sino justificador. Es el abogado perpetuo de la criatura viva, porque está viva. Aboga verdaderamente por el amor al prójimo, no por ese amor remoto que degrada al humanismo contemporáneo a catecismo de tribunal. Al contrario, la gran obra acaba confundiendo a todos los jueces. A través de ella, el artista, simultáneamente, rinde homenaje a la más alta figura del hombre y se inclina ante el último de los criminales”.

Nada más ajeno en la actitud de Camus, que la de ciertos jueces, fiscales o periodistas que se erigen en castos e impolutos acusadores; olvidando la conciencia de su propia fragilidad, de aquel tronco torcido de la condición humana, que debería llevarnos a ser más prudentes en nuestros juicios.

Francisco Bobadilla Rodríguez



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