¿Cuándo muere el juez?

Moro, el emblemático juez del caso Lava Jato, ha aceptado ser ministro de Justicia, del recientemente elegido Presidente brasileño, Bolsonaro. (“El Presidente electo, Jair Bolsonaro, puede que se haya anotado un gol notable ante sus electores. Pero Moro ha emborronado su expediente”: Diario El País. 03.11.18).

Esa línea delgada que separa el derecho y la política ha sido traspasada, y nos retumba esa frase, que  hemos escuchado con cierta frecuencia, que el Juez muere Juez, algo que por cierto no es privativo sólo de estos funcionarios, pues también se afirma, por ejemplo, que el militar muere militar.

¿Pero qué lleva al juez, defensor de la Constitución y de sus valores más intrínsecos, de la legalidad, de la democracia y de la imparcialidad, dejar la camiseta del Poder Judicial, o del sistema de justicia y pasar a filas de la política con todos sus vaivenes (Ejecutivo o Legislativo)?

No hay una sola respuesta a tamaña interrogante, desde luego; no es tampoco un tema nuevo. Aún sigue en la retina de quienes estamos en la orilla judicial, haber visto a un ex juez supremo y expresidente del Poder Judicial, ocupar un asiento en el Consejo de Ministros como titular de la cartera de Justicia. Y qué duda cabe, son dos asientos diferentes, funciones acaso incompatibles, perspectivas desiguales, desde tiempos de Montesquieu.

El juez Mendoza, con una trayectoria impecable, pasó igualmente esa frontera (aunque había ya cumplido su ciclo judicial) y hoy con la renuncia de Moro, quien pasa a las filas del Ejecutivo brasileño, nos genera la duda de si el Juez muere Juez o muere político; pero a la vez, causa profundas reflexiones a ser evaluadas en el seno judicial interno, desde el régimen pensionario de los jueces (del día pasan a la noche en materia de remuneración y pensión)y de cómo hacemos para evitar esa fuga de talentos.

Estimo que es de vital importancia lo siguiente: i) la revisión integral del régimen pensionario de jueces y fiscales;  ii) incorporar a jueces y fiscales jubilados por límite de edad, a la Academia de la Magistratura, es también imperativo, para constituir una suerte de ‘staff’ de docentes de primera línea, con un objetivo multipropósito: por un lado, que impida no solo la tentación crematística de trasladarse a la política, para compensar acaso ese transtorno económico de la jubilación; y por otro, aprovechar esa riquísima experiencia que les dio la judicatura, para volcarla en la formación permanente de jueces y fiscales; iii) asimismo la implementación de una política premial de capacitación y ascenso, a jueces probos y con presiones indubitables en la actividad judicial, de características diferenciadas, son prima facie, algunos aspectos que también podrían discutirse en los tiempos de crisis del sistema judicial.

No es, por tanto, el objetivo de esta nota escudriñar el complejo mundo de las motivaciones, sino acercarnos al de las concretas soluciones frente a hechos repetidos en la judicatura latinoamericana: la de la fuga de talentos judiciales.

AUGUSTO RUIDÍAS FARFÁN* *Juez integrante del Consejo Ejecutivo del Poder Judicial.





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