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Cultura empresarial, ¿mito o realidad?

Cada generación tiene sus propias historias, referencias o costumbres, que con el tiempo se sienten anticuadas o pasan a ser simplemente anécdotas. Frases como “En mi época era así…” y “esto siempre se ha hecho de esta manera” sólo nos revelan lo inevitable. Todo funciona diferente ahora, las nuevas generaciones pensamos “diferente”.

Cada vez que converso con mi abuela, una mujer que hasta hace una década iba a su oficina religiosamente tres veces a la semana -era una empresa textil fundada por mi abuelo-, caigo más en cuenta de la diferencia conceptual que existe entre nuestras generaciones.

Pero en ese “pensar diferente” se van creando nuevos conceptos o se les va dando nombre a temas que ya venían siendo abordados. Antes vivíamos enfrascados en dos grandes objetivos: vender más y gastar menos. Nada importaba más que “mejorar el número”, pero no es secreto para nadie que las nuevas generaciones valoran otras cosas más que “el número” que puedan generar. Esta realidad ha hecho que las empresas tengan que buscar generar mejores ambientes de trabajo, preocuparse por tener un alto grado de motivación en sus equipos, entender los beneficios desde la visión del trabajador y no desde lo que la misma empresa piense. Todas estas nuevas consideraciones y más, terminan conformando lo que se conoce como “cultura empresarial”.

Algo que todo empresario moderno debería preguntarse es cuál es nuestra cultura empresarial. ¿Qué la define? ¿Quiénes la conforman? Muchos aún seguimos pensando que estos son temas de la “gran empresa, exclusivos del área de recursos humanos” que son interesantes e, importantes, pero que, si “cuesta aplicarlo”, más adelante se verá. ¡No es así!

Demoramos en reconocer que, sin “cultura empresarial”, será muy difícil retener talento, generar sentido de pertenencia en la empresa por parte de los trabajadores, crecer de manera sostenible como grupo y, sobre todo, definir una personalidad de cara a nuestros clientes.

Cada vez encuentro a más personas muy talentosas dispuestas a “sacrificar” parte de sus ingresos por trabajar en compañías donde se sientan valorados, donde no exista verticalidad sin sentido, donde nada está “escrito en piedra”, todo es mejorable, donde el concepto de jefe es sustituido por el líder y esto se materializa en personas que, lejos de exigir resultados mediante imposición y generación de temor –un empresariado tradicional y ya obsoleto-, inspiran continuamente a sus colaboradores, les dan su lugar y están completamente a su servicio para que puedan ellos dar lo mejor de sí.

Si analizamos con tranquilidad, esta “cultura empresarial” moderna, obedece también al objetivo de “mejorar el número”, pero la estrategia es sostenible y coherente con el principal activo de cualquier compañía: las personas. Si hablamos de rentabilidad, tenemos que pensar en productividad, y en ese sentido, un trabajador motivado, comprometido y valorado es muchísimo más productivo que uno que no lo es.

Todos los miembros de una organización deberíamos vivir la cultura que ésta promueve, pero es responsabilidad de los líderes de la organización lograr esta aplicación general; busquemos generar una cultura empresarial que se base en el desarrollo de nuestros colaboradores, en la generación de buenos ambientes laborales, en una horizontalidad virtuosa, donde el respeto se de naturalmente y no impuesto, pero sobre todo logrando que la organización completa se mueva en base a la visión de la empresa, entendiendo que todo lo que hacen suma para el logro de los objetivos trazados. Esto, en consecuencia, mejorará el número y, sobre todo, hará de esta mejora una práctica sostenible.

Carlos Prado Vigil: Vicepresidente de la Red Peruana de Negocios





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