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El espejo perverso

El cuento “La Reina de las nieves” de Hans Christian Andersen (1805-1875) me resulta, especialmente, aleccionador en estos tiempos. Érase un duende perverso, nada menos que el demonio, quien inventa un espejo que “tenía la propiedad de que todo lo bueno y bello que se reflejaba en él desaparecía de inmediato y se quedaba prácticamente en nada, mientras que lo malo y feo resaltaba y se volvía aún peor. Los paisajes más hermosos parecían espinacas cocidas, y las mejores personas se volvían horribles”. En su intento de llevar el espejo al cielo, cayó y se rompió en billones de pedacitos que volaron por todo el mundo, de tal manera que cuando se le metían al ojo de las personas, éstas sólo veían el lado malo de las cosas.

Pareciera que, en nuestro tiempo, los efectos de este espejo perverso continúan afectando a muchos; pues, aunque en el mundo el trigo y la mala hierba conviven, hay quienes sólo aciertan a ver la mala hierba, la maldad, los desastres, los infortunios, reduciendo la realidad a sus aspectos lóbregos. Son personas que se regodean encontrando el lado feo de las cosas, desconfían que pueda haber buenas intenciones en su prójimo y buscan con regocijo las fallas de los que lo rodean. Del trigo, de las acciones buenas de la gente, de las cosas bellas de la vida, de tantas acciones desinteresadas de unos y otros, guardan perfecto silencio. Estas personas consideran que el lado oscuro de la fuerza ha triunfado y sólo tienen ojos para mirar el mal y absolutizarlo.

Cada vez que vuelvo sobre este cuento, pienso, también, en cierto periodismo (escrito, televisivo, digital…) afectado por tan singular enfermedad. Sus portadas, reportajes, notas son una lupa que agranda los males y empequeñece o hace desaparecer el lado verdadero, bueno y bello de la realidad y de las personas. Sus ojos, lentes y cámaras solo ven las maldades, delitos y desgracias de la sociedad. Es tal la cantidad de información de este sesgo que pareciera que el mal ha triunfado sobre la faz de la tierra. Son titulares, primeras planas, artículos rebosantes de malos augurios. Sus protagonistas se autoproclaman salvadores de ciudad gótica en sus peores momentos. Cuando alguna “inocente criatura” habla del bien, este periodismo perverso sonríe sarcásticamente.

Ahí no terminan los efectos dañinos de tan siniestros cristales, pues algunos trocitos del espejo entraron en el corazón de algunas personas, “y era horrible pues el corazón se les convertía en un pedazo de hielo”, frío, insensible, calculador, inmisericorde. Un corazón así confunde la justicia con la venganza y el odio. Una sociedad gobernada por corazones de hielo pierde humanidad. La justicia sin caridad, sin misericordia, convierte en témpanos de hielo todo lo que toca: hay frío y nieve, la vida duerme e inverna.

Los pequeños personajes del cuento de Andersen logran vencer a la Reina de las nieves y a los cristales perversos. Gerda al encontrar a su amiguito Kay, víctima de los cristales, llora cálidas lágrimas sobre el pecho de Kay. El trocito de hielo que tenía en su corazón se derritió y, por fin, pudo volver a ver la realidad en su amplitud. Reconoció a Gerda y, por donde iban, los vientos se calmaban, salía el sol, aparecían los brotes verdes en los árboles… Un cuento de hadas, sí, y cuánta sabiduría recoge: para ver bien, hay que tener un corazón bueno. Existe la mala hierba, desde luego, pero es más abundante el trigo.

Por:Francisco Bobadilla Rodríguez





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