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Las ventanas rotas de la corrupción

Existe la teoría que desarrolla el efecto contagio que ocasionan las conductas inmorales relacionadas con la corrupción en términos iguales o bastantes similares a aquellas enfermedades que dejan de ser un problema de salud individual y se convierten en una epidemia o pandemia, dependiendo de los términos en que se contagia, se repite y se propaga.

Se trata del efecto psicológico que producen determinadas conductas o acontecimientos en la sociedad, que por su fuerza, sinergia y agudo impacto afectan las psiquis colectiva e individual. Hablamos de hechos, actitudes o reacciones que tienen que ver con la psicología humana colectiva y sus relaciones o efectos interpersonales en temas de tanta sensibilidad como la corrupción en la política y las actividades empresariales.

De ahí que surge la idea de reivindicar la teoría pensada para la criminalidad callejera llamada como las ventanas rotas, porque sus efectos son iguales, parecidos o peores, cuando se trata de temas relacionados con el manejo de la corrupción y la protección de la moral pública.

Como se sabe, esta teoría desarrolla la idea del efecto del contagio respecto a las conductas inmorales que se propagan, afectando todos los estamento públicos y privados de la sociedad para convertirse en un patrón de conducta colectivo, repetitivo y perverso, en especial para los jóvenes que se desarrollan en un ambiente psicológico altamente contaminado y pernicioso por la corrupción, dejando de ser un fenómeno propiamente delictivo para convertirse en un portento psicosocial que involucra las altas esferas del poder, la política y toda la sociedad nacional.

El efecto contagio no solo se produce en las altas esferas del poder, gobierno tras gobierno y durante décadas, sino que amplios espectros o sectores de la sociedad civil conciben que el fenómeno de la corrupción se repite en todos los gobiernos, aunque cada vez más renovado, sofisticado y fortalecido, dependiendo de los personajes involucrados y las fórmulas empleadas para confundir y manipular a la opinión pública.

La nueva corrupción, lo que se persigue, es quedar exenta de toda responsabilidad haciendo uso de la legalidad que le ofrece la ley.

Si los que tienen el poder son en sí mismos corruptos, qué le queda al ciudadano de la calle que presencia impávido cómo se manipula la ley a favor de algunos y en contra de otros.

Cada nuevo ataque que sufre la moral pública como resultado de la dupla corrupción – impunidad, reafirma y multiplica la corrupción, como si fuera una enfermedad colectiva la idea central de que cualquier acto de corrupción está permitido, que todos son corruptos y que el problema estructural no es la corrupción en sí misma, sino la misma impunidad.

LUIS LAMAS PUCCIO





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