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Luis A. Flores, urrismo y conservadurismo popular

Este año -el 28 de mayo- se ha cumplido medio siglo del fallecimiento de uno de los líderes políticos más destacados de la primera mitad del siglo XX. Luis Alberto Flores Medina, piurano, nacido en 1899 en Ayabaca -como Lizardo Montero- perteneció a un grupo de ciudadanos que fundó la Unión Revolucionaria UR en 1931, con el entonces teniente coronel Luis Miguel Sánchez Cerro a la cabeza, y que junto con el Apra, constituyeron los dos primeros partidos políticos de masas en el Perú con gran arraigo popular e importante impacto en la urnas.

La UR alcanzó el 29 % de la votación en las elecciones de 1936, las mismas que el Mariscal Benavides suprimió con un argumento poco convincente aún para los cánones de la época. Luego devendría una implacable persecución contra líderes de la derecha –UR- y de la izquierda –Apra y PCP. Tal vez si esto no hubiese sucedido así, es muy probable que surgiese una poliárquica dahliana en el Perú la que, con sus naturales imperfecciones, bautizase un periodo de duradera estabilidad política en nuestro país.

Sea que haya caracterizado un populismo conservador como lo llama Manuel Castillo Ochoa o más al fascismo como sostiene Tirso Molina, lo cierto es que la UR copó un tercio del electorado nacional en los treinta. Desde entonces, con diferentes identidades, ha representado una derecha popular, y ha mantenido por casi un siglo un núcleo sólido que fue puesto de manifiesto en los procesos electorales de los 50 y 60, así como de los 90 y actuales, mientras que en otras épocas, al no sentirse genuinamente representado ha tenido cierta elasticidad para dar su voto a posiciones partidarias centristas e incluso opuestas, para nuevamente volver al redil.

El urrismo liderado por Flores tras el asesinato de Sánchez Cerro migró al fascismo, siendo el principal partido de esa tendencia en Sudamérica. Los famosos camisas negras que hacían maniobras en la playa La Herradura, y que incluían el accionar de mujeres en posición de liderazgo como Yolanda Coco Ferraro de Zucarrello, quien falleció el 21 febrero último a los 109 años, lo que pasó desapercibido, pese a ser esta dama, la última protagonista de una época muy particular de la política nacional: la década de los treinta.

Considerando el contexto de la época, la forma de hacer política que comprendió el fascismo tuvo importe influencia en Occidente. De tendencia militarista, puso de moda el uso de uniforme para sus militantes, así como la entonación de himnos y marchas combativas, la proclamación incesante de arengas y saludos frenéticos, una forma de hacer política partidaria no vista antes, eufórica y hasta fanática, siempre más acción que ideología. Su posicionamiento tuvo lugar gracias al debilitamiento de la democracia liberal en buena parte de Occidente. La caída de la república de Weimar en Alemania fue el símbolo de su encumbramiento, puesto que logró ser visto como la única respuesta eficaz contra el avance del comunismo.

Constituyente en 1931, ministro de Marina en 1933, embajador del Perú en Italia en 1948, y en Paraguay en 1956; el de Ayabaca, como sostiene Enrique Chirinos Soto en La Nueva Constitución y los Partidos (1984), “tenía estampa, porte, arrogancia y prestigio de caudillo (…) era atrevido, consecuente, honrado. Estuvo en las cumbres del poder. Muere pobre. He allí su mejor certificado. Era valiente, en el sentido físico del arrojo. Lo era también en el sentido moral de la integridad. Era sincero (…) no tenía miedo a las palabras”.

Luis A. Flores fue un patriota aguerrido, defensor a ultranza de sus ideales, quien militó en la política de su tiempo con disciplina marinera y austeridad franciscana. Fue un idealista, casi quijotesco, de esos de los que siempre hacen falta.

Juan Carlos Llosa Pazos



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