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COLUMNISTA INVITADO

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No debemos decir todo lo que pensamos, sino pensar todo lo que debemos decir.





Alan García

A corto tiempo de haber dejado la presidencia, Alan García convocaba a la presentación de uno de sus libros. Se llevó a cabo en el Instituto de Gobernabilidad; acto al que asistí invitado. Al acercarme a felicitarlo fue muy cordial y me entregó un ejemplar con un autógrafo generoso.

Antes, en Palacio de Gobierno tuve múltiples oportunidades de tratarlo y a través de ellas aquilatar su inteligencia, su cultura, su amplitud de recursos verbales para comunicarse, su buena disposición para escuchar y su calidez conversacional.

Después que uno argumentaba la razón de la audiencia concedida, se daba tiempo para preguntar y formarse la idea del problema. Por su actitud, siempre receptiva y fraterna, deducía que la situación de la universidad peruana le interesaba, nutriéndome de confianza, de su comprensión y ayuda. Cada vez que mis funciones de presidente de la Asamblea Nacional de Rectores me llevaron a su despacho, fui recibido, escuchado y atendido.

También me dispensó una reunión con rectores con los que dialogó amicalmente y tomó nota de sus reclamaciones.

Durante su mandato la marcha institucional de las universidades se desenvolvió sin amenazas en un clima de estabilidad legal.

Aparte de estos asuntos de interés específico, pude apreciar su desenvolvimiento como Presidente de la República en foros nacionales e internacionales habiendo percibido su alto nivel de estadista y de un peruano ilustrado que representaba, excelentemente, a la nación peruana. Culto, conocedor de la historia y la literatura, identificado con nuestras esencias, con elevado dominio del castellano y la oratoria, sentido de la pertinencia, brillaba frente a sus homólogos, dejando bien al Perú en cualquiera de las reuniones.

Fue Presidente con los atributos personales de las figuras clásicas, ya en extinción.

Esta cercanía funcional y amistosa me ha permitido conocer a la persona; y, por ello mismo, comprender su decisión final al sentirse condenado sin el debido proceso, sin poder ejercer sus derechos fundamentales, cargando sobre sus espaldas una campaña sin tregua que lo declaraba culpable a priori dentro de un procesamiento político que se vestía con la forma de un enjuiciamiento legal.

Su convicción de haber sido elegido dos veces Presidente no le pareció compatible con las situaciones policiales de afrentamiento que le tocaba enfrentar.

Producida esta inminente encrucijada, optó, de acuerdo a la lógica de su conducta, por salvar el honor y la dignidad que reposaba en él, por haber sido ungido dos veces Presidente Constitucional de la República.

Trágica elección con la que toca las puertas de la historia y la del perdón divino para que su alma descanse en paz.

Dr. Iván Rodríguez Chávez / Rector de la Universidad Ricardo Palma





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