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COLUMNISTA INVITADO

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No debemos decir todo lo que pensamos, sino pensar todo lo que debemos decir.





El Alan que yo conocí

Conocí a Alan García cuando regresó de sus 10 años de exilio: yo trabajaba en EXPRESO y acompañé a Ricardo Vásquez Kunze a hacerle la entrevista que habíamos gestionado. Al verme, me dijo: “Salúdeme a su padre, sé por amigos comunes que hizo un comentario bueno sobre mí”. (Me comentó que mi padre –no eran amigos, ni siquiera sé a ciencia cierta si en ese momento se conocían– había comentado en una reunión que sabía que García, donde vivía, lo hacía modestamente).

A Cuki la conozco de toda la vida; estudiamos en el mismo colegio y terminamos con un año de diferencia (su hermana Cecilia estaba en mi promoción). A su regreso a Lima, comenzamos a frecuentarnos gracias a un amigo en común, Fernán Altuve. Gracias a Cuki comenzó la relación con el Presidente García. Se dio poco a poco y me dio la oportunidad de conocer el lado personal de un personaje fascinante, a la vez que muy caluroso con las personas que quería; quiero creer que yo estaba entre ellas, a pesar de no vernos seguido, pero cuando lo hacíamos nos reíamos mucho.

Curiosamente, podría ser que cuando más lo vi fue durante su segundo mandato. Yo siempre me dirigí hacia él como Presidente y le hablé de Usted, aunque un par de veces por la confianza se me escapara un verbo en segunda persona; cierta noche, siendo Presidente en ejercicio y comiendo en Palacio, me miró y me dijo: “Carajo, ¿me puedes explicar cuándo me vas a tutear?” y yo le respondí: “Nunca, lo conocí habiendo sido Presidente y respeto su investidura”. Me miró con esos ojitos bailarines, volteó donde Cuki orgulloso y señalándome le dijo: “Ella es una mujer con clase”.

Se burlaba de mis constantes dietas y cada vez que me veía me decía: “Estás gordísima, ahora sí tienes que hacer dieta ¡ah!” y burlándose le decía a Cuki: “Hay que darle de comer a esta chica porque ya da asco esa flacura”. Chifa, pizza o lomo saltado eran los menús de rigor; mientras más sencillo más le gustaba. Debo admitir que yo me moría por él y que lo engreía a full, le llevaba las cosas que le gustaban –bien dateada por Cuki– y le servía los bocaditos. “Ella sí me quiere, mamá!, ¿ves?”, la fastidiaba. “Tu amiga me maltrata”, me decía por Cuki y se quejaba de que no le daba bola, muerto de la risa.

Pocas veces conocí un hombre tan gracioso y encantador –de más está decir que inteligente y culto, ¡el que más!–, un padre de sacarse el sombrero –tan chocho y que se muera tanto por sus hijos–. Era adoración lo que les tenía; hablaba sin parar de ellos: de los seis.

Dicen que era hombre de odios o amores; yo conocí al hombre que había dejado atrás todo eso. Los resentimientos eran parte del pasado y estaba en otra etapa de su vida; así y todo, creo que yo gocé de un cariño especial de su parte y me siento afortunada por eso. Nunca mejor correspondido: lo quiero mucho y nunca dejé de decírselo con exageración. Cuki se moría de la risa y gozaba con eso.

Durante la enfermedad de mi padre, no pasaba una semana sin que llamara a mi madre para preguntarle por él, y hasta el último día preguntaba por ella. Felizmente no me quedé con cosas por decir. Gracias a Dios, Cuki organizó una comida unos días antes de su partida (siempre éramos cinco o seis, rara vez más, para poder conversar y reírnos a boca suelta) y él me llamó el día anterior de yo salir de viaje; esa conversación me la llevo en el corazón, así como todos los ratos maravillosos compartidos. La imaginación no me alcanza para entender el dolor de Cuki y sus hijos. Ella era su referente obligado, su lugar de paz; hasta el último día parecían dos enamorados que hasta sentados en el sillón estaban de la mano.

Mujer inteligente como pocas, de bajo perfil por elección propia y de una entereza descomunal, la procesión va por dentro, así como la felicidad de haber compartido su vida hasta el final con un hombre excepcional.

VERÓNICA BECERRA ESTREMADOYRO

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