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La ansiada paridad

Pocos saben la historia de la cusqueña Trinidad María Enríquez, la primera mujer que logró titularse abogada en el Perú, desafiando los prejuicios de una sociedad que no permitía a las mujeres obtener un título ni ejercer una carrera profesional, pues estaba reservada solo para los hombres.  La lucha de esta mujer trascendió y rindió frutos, logrando en 1908 la promulgación de la ley que permitió a las mujeres la obtención de los grados y títulos profesionales.  A partir de ese momento, comenzó un proceso histórico de reconocimiento de derechos antes negados como la participación política y el acceso a la formación militar y policial.

Hoy en día la mujer peruana ha ganado espacios importantes en la vida social, económica y política de nuestro país.  Existe una clara tendencia de erradicar la violencia y la discriminación, así como eliminar toda barrera legislativa y burocrática que impida el desarrollo pleno e integral de una mujer.  El camino aún es largo, pues las oportunidades aún no llegan a todas las mujeres, sobre todo a aquellas que se encuentran en situación de vulnerabilidad, como las que sufren discapacidad o abandono.  Sin embargo me pregunto si para alcanzar la real equidad, el Estado deba privilegiar la regla de género.

En un país con más de 290 mil damnificados por el Niño Costero, con una tasa de pobreza de  22 % y 1 millón 407 mil jóvenes afectados por el desempleo, se necesita un Gobierno de visión amplia, que establezca prioridades concretas para dar paso a las reformas necesarias; se requieren carteras ministeriales que reduzcan las brechas de desarrollo con enfoque integral, de tal forma que el derecho de acceder a los servicios públicos básicos llegue a toda la población, considerando su estado de vulnerabilidad, sin crear privilegios de acceso por un tema de género.

En esa misma línea, un Gabinete ministerial debe conformarse por buenos gestores, bajo las reglas naturales de meritocracia y capacidad, determinadas por un perfil deseado para el cargo y por requisitos establecidos en la Constitución que no hace distinción alguna en razón al sexo.  La igualdad real no se logra sólo insertando reglas de acceso, sino creando las condiciones para que tanto un hombre como una mujer puedan desenvolverse con libertad, integridad y eficiencia en un cargo.

Es positivo que el Gobierno promueva la participación equitativa de las mujeres en puestos de alto nivel, pero la ansiada paridad no debe ser usada como una medida efectista que responda a las encuestas del momento.  Necesitamos ministros con sólida formación ética y profesional, con experiencia política y de gestión, pues al final, la improvisación, la incapacidad y la corrupción no discriminan por razón de género.

Por: Elizabeth Zea Marquina









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