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La crisis no es sólo política

Giuliana Caccia (*)

¡Vaya Semana Santa la que hemos pasado! Estos días que esperamos con muchas ansias, para recogernos o descansar, se han visto dramáticamente conmocionados por lo que ha sido la noticia política más relevante de los últimos años: la muerte del expresidente Alan García Pérez por su propia mano. No creo que ninguna persona, medianamente interesada en el acontecer nacional, no haya sufrido algún impacto emocional al enterarse de tan dramático evento.

Mi intención al escribir esta nota no es comentar el hecho en sí. Sobre el mismo ya se han pronunciado ampliamente diversos actores políticos y sociales, a nivel nacional e internacional. Yo quisiera —mientras las emociones se van acomodando y la coyuntura política de nuestro país, parece, se va complicando— atreverme a hacer una hipótesis sobre lo que, desde mi punto de vista, es lo que se evidencia con mayor dureza ante lo que acabamos de vivir.

Algunos hablan de crisis política, otros de fiscales desquiciados. Por ahí dicen que tenemos un legislativo que se doblega ante un ejecutivo prepotente. Una masa enardecida llora, insulta o se burla en redes sociales. Algunos celebran un suicidio, otros lo maldicen como un mal menor ante un enemigo político. Vemos fotos de tomografías, o de una cama ensangrentada que nos gritan en el rostro la falta de ética profesional y la inclinación a la morbosidad que campea. Por otro lado, abundan los signos de una prensa todopoderosa que se escuda en la libertad de expresión desapareciendo todo derecho a la privacidad, a la honra al punto de querer eliminar el delito de difamación en el Código Penal. La corrupción nos carcome como país y sus costos no son solo económicos sino también sociales y políticos.

Matices más, matices menos, ante este panorama todos hablamos de crisis. Pero la pregunta es: ¿qué tipo de crisis estamos viviendo? ¿Es solo política? Sinceramente creo que no. La crisis política, que es hoy la capa más visible de nuestra compleja realidad, es consecuencia de una crisis más profunda. Nuestra crisis es de valores. Lo que se ha oscurecido en nuestra sociedad es nuestra percepción de lo que es el ser humano y de cuáles son sus valores fundamentales. Tristemente estamos perdiendo las convicciones éticas comunes, lo que nos está llevando a la destrucción de nuestro sentido moral, conduciéndonos a pasos acelerados a una situación en la que lo bueno es aquello que “me sirve” o “me conviene” o “me entretiene”, sin importar las consecuencias que ello pueda tener en los demás.

Lo más preocupante es que no estamos haciendo nada para detener la destrucción de nuestros principios morales, sobre los que se debe asentar la convivencia. Al contrario. Pareciera que los esfuerzos se concentran en encontrar al culpable, que siempre estará en la vereda del frente. En pro de una sociedad igualitaria e inclusiva hemos sacado de nuestros currículos escolares y universitarios las humanidades con la excusa de que nos “hacen perder el tiempo” a nivel técnico. Y en lugar de preocuparnos de que nuestros niños y jóvenes sean cada vez más humanos, se imponen ideologías con máscaras de omnipotencia, que supuestamente curarán todos nuestros males sociales. Sin embargo, la realidad no miente y nos cachetea de ida y vuelta: en busca de más derechos y libertades tenemos mayores niveles de violencia, corrupción e intolerancia. Al frente ya no tenemos a una persona que es distinta, que puede pensar diferente, pero con la que debo dialogar respetuosamente. No. Ahora tenemos al mejor amigo o al peor enemigo, al que se debe destruir así se arrastre a su familia entera en el intento.

Vivimos una crisis de valores muy grave. Bien dijo Andréi Dmítrievich Sájarov, Premio Nobel de la Paz en 1975: “Ningún hombre puede rechazar su parte de responsabilidad en aquellos asuntos de los que depende la existencia de la humanidad”. Como peruanos, tenemos la responsabilidad de mirar(nos) más profundamente, en lo más íntimo, para ver qué es lo que sale de nuestro corazón. Quizás ahí podamos encontrar la raíz última de lo que vivimos. Si no lo hacemos, y de manera urgente empezamos el camino de vuelta a nuestros fundamentos morales, todos seremos corresponsables de dejar a las futuras generaciones —las de nuestros hijos— una sociedad corroída e inhumana.

(*) Directora de FAM – Fundación para la Familia.

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