El Pleno del Congreso devolvió a la comisión de Economía el proyecto de ley que se aprestaba a destruir la Agroindustria. Proyecto que en la práctica liquidaba la moderna agricultura, nacida de las cenizas de una reforma agraria estalinista que pauperizó el campo y llevó al campesinado a la miseria. Aprobando esa ley acababa con uno de los milagros producidos por arriesgados emprendedores que transformaron arenales de nuestra costa convirtiéndolos en un auténtico vergel que genera miles de millones de soles en impuestos anuales, y brinda empleo a centenares de miles de trabajadores del campo. Pero la grita izquierdista sigue soliviantando al pueblo de Ica, basándose en mensajes repletos de odio y revanchismo. Detesta el éxito de la agroindustria, en contraste al fracaso de millones de hectáreas robadas a sus dueños por la reforma, adonde laboran campesinos que ganan auténticas miserias y a quienes los rojos no protegen porque sería traicionar su propuesta favorita: la empobrecedora reforma agraria. Mientras tanto en Ica hay pleno empleo, gracias a la innovadora agroindustria creada desde mediados de los ochenta. Es la pugna marxista entre lo privado –que el comunista aborrece- y lo estatal, al que idolatran los socialistas porque medran “trabajando” para el Estado como burócratas, asesores, consultores, etc.
La manera ideal de destruir un país es destripando su economía, fundamento de toda estabilidad sociopolítica. La formula para hacerlo está explicada en todo lo que ocurrió desde que el imputado por corrupto Humala llegara a la presidencia con dinero sucio, aportado tanto del impresentable Chávez como la corrompedora Odebrecht. Humala sembró el virus de la socialización vía despilfarro de los fondos estatales. Así compró aplausos del pueblo mientras se levantaba en peso al Estado vía corruptelas de toda marca. Llegó Kuczynski y, abrumado por su rabo de paja con Odebrecht, se entregó a las fauces de la progresía caviar alucinando utilizarla como escudo. Después Vizcarra aterrizaría indirectamente en la presidencia, para propinarle el descabelle al Perú. En esos 15 fatales años estriba el secreto de cómo destrozar económicamente a un país exitoso. Basta que algún estudiante de secundaria compendie las críticas registradas en las hemerotecas de los periódicos de oposición, para que complete una exitosísima tesis de grado universitario.
Sagasti también aporta a esta destrucción, pretendiendo gobernar un país encabritado por su predecesor con un lenguaje académico, gesto de sabelotodo e ínfulas poéticas, desatendiendo menesteres elementales. Como concentrar su gestión en encontrar la manera de corregir los yerros y temeridades de Vizcarra. Empezando por la falta de vacunas, realizar un control de daños, sincerar las estadísticas ante los efectos del Covid. NO así, dedicándose a trastocar las estructuras de las FFAA y la Policía, por ejemplo.
Sagasti decapitó a la Policía dejando al Perú inerme ante la toma de carretera en Ica. Y en vez de solventar la algarada izquierdista con serenidad e inteligencia, se apuró dictando un decreto devastador contra la agroindustria, duplicando demagógicamente las remuneraciones de los trabajadores. En rigor gasolina para incendiar una sociedad extremadamente agitada por el populismo y en plena ebullición electoral.